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  • Foto del escritorLuis García Prieto

#76 El eucalipto de Tirso

El eucalipto no es el primo lejano arbóreo más querido del territorio del noroeste. Es decir “eucalipto” y algo dentro de uno se pone en guardia. Él tampoco tiene la culpa, no pidió recorrer dieciséis mil kilómetros para acomodarse en un territorio tan singular para él, que viene de dar de comer a los koalas y soportar los incendios. El sobrevalorado capitán Cook (que usó cartografía española en sus viajes y llegó a muchas islas en las que 200 años antes habían estado los españoles, pero un desafortunado ataque de amnesia le impidió reconocerlo) trajo varios ejemplares, que ahora se distribuyen por el mundo, con resultados controvertidos. Papeleras y fabricantes de caramelos lo adoran, pero no es capaz de quitarse la etiqueta de invasor, de forastero en tierra extraña.

Como si de un desalmado se tratase, el eucalipto en Galicia y en El Bierzo ha generado manifestaciones, artículos, debates enconados. En este jardín de espinas no vamos a entrar desde RCBP, aunque por cercanía podríamos. En el monte Pajariel encontramos varios ejemplares notables, que van creciendo en silencio, sin que casi nadie se percate. En la ladera oeste, que mira al cerro de San Feliz, había hace pocos años un pequeño bosque de eucaliptos que alguien decidió talar. Pese a ello, en el Pajariel hay más eucaliptos de los que parece. Los puedes ver en el camino principal que va de sur a norte hasta la cima, alguno de una talla respetable. Y muchos escondidos entre los pinos, compitiendo con los cerezos y los castaños. Los delata ese color azulado de sus hojas que tienen en su juventud.

Esta vez nos hacemos eco de un ejemplar en Valtuille de Arriba, quizá de los más importantes de la comarca, el llamado eucalipto de Tirso. Según la única fuente encontrada (la recomendable web: af2bierzo.com), el tal Tirso era hermano de Pepita la de Cholo, dato que para los de Valtuille de Arriba será esclarecedor. En 1988, Tirso decidió plantarlo con el objetivo de dar sombra. Razón no le faltaba, y más en este siglo XXI donde la viña se ha hecho dueña y señora de Las Chas y todo el entorno. 36 años lo contemplan a este Eucalyptus globulus, haciendo bien su trabajo en los meses de verano. En 2018 sus dueños pensaron en talarlo, pues perjudicaba el entorno. Sigue en pie (cerca del cruce de caminos a Pobladura de Somoza, a San Clemente, a Valtuille de Arriba y a Pieros, que dicen Valdepedroño), no sabemos si por pereza, por olvido o por dejadez. Cortar un árbol tan grande supone un trabajo y un coste que puede frenar la sierra más hambrienta.

La fotogenia no le viene tanto por su altura, y sí más por dónde se levanta: el paraje de Las Chas. ¿Qué hace que esta parte sea tan Chas, tan llana, tan diferente a todo el entorno? El glacis de Las Chas, ubicado entre Valtuille de Arriba y Pieros, es un excelente ejemplo de formación por sedimentación coluvial. Un glacis es una pendiente suave al pie de una montaña. Esto es: los montes que ascienden desde Valtuille de Arriba (lindando con Pobladura de Somoza) se han ido desprendiendo a los largo de las laderas. Guijarros, cantos y bloques han sido transportados por gravedad y agua, con la paciencia de los milenios. En este caso, el nombre "Las Chas" refleja su característica de ser una zona tan plana. Tiene casi dos kilómetros de norte a sur y más de 500 metros de este a oeste, con unas 100 hectáreas.

Y para remate y delicia de paleontólogos, ahí va otra curiosidad. En 2015, un viticultor encontró en su viña uno de los fósiles más antiguos de El Bierzo: los primeros indicios de la presencia de Protambonites primigenius. Estos cerros entre Valtuille de A. y Pobladura de S., donde ahora dominan los pinos, son la parte emergente de una formación geológica con origen en la costa occidental asturiana: la llamada “Serie Los Cabos”. Se originó hace unos 500 millones de años, formando parte de la plataforma continental de un supercontinente llamado Gondwana. Era pues un fondo marino que bañaba las costas de una amalgama de los actuales continentes: África, India, Antártida, Sudamérica y Australia, en un periodo geológico llamado Cámbrico Medio-Superior.

Es difícil no fijarse en el faro, en este cruceiro vegetal, en el que se ha convertido este eucalipto. Rompiendo la hermosa monotonía de las filas de viñedos, casi todos en espaldera, subiendo por las laderas del Alto de los Infiernos y el Alto de los Cotos. Su tronco es liso, no diría que suave, pero contrasta con la rugosidad de los árboles autóctonos, ásperos como el castaño. Y tan blanco que tiene algo de irreal, con sus ramas cilíndricas. Se sabe único, diferente, exhibiendo esos 17 metros de altura (una casa de 5 pisos), con un color que no es un color entre tanto verde, con el telón de fondo de los montes que esconden a Pobladura de Somoza. Alguien trazó en su corteza un sol con sus rayos algo naïf. A medio kilómetro, sobre el arroyo de Valpedroño, tiene a unos cuantos compañeros, creciendo entre las viñas de mencía, soñando quizá con ser como el de Tirso, pero su destino no es dar sombra.

Confío en que el eucalipto de Tirso siga ahí unos cuantos años más. No hace mal a nadie, que un eucalipto solitario no va a desatar una revolución, ni servir de combustible a la llama de un incendio que ellos no comienzan. Podría ser un ejemplo de lo que no debe plantarse en la comarca berciana, un pequeño vértice geodésico de la geología de Las Chas, y un recordatorio de que allí cerca surgió entre guijarros un Protambonites primigenius.

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