#113 / COMPOSTILLA II
- Luis García Prieto
- 30 ene
- 4 Min. de lectura
OBELISCOS DE HUMO
No habrá conmutación de la pena de muerte para las gemelas de cemento. Ni parque de tirolinas, ni miradores que oscilarían con el viento para horror y excitación de sus visitantes. Nos quedarán las imágenes de Maps, donde las chimeneas y su sombra recuerdan las agujas de un inmenso reloj.
El destino nunca es cruel, solo inevitable.
El 31 de agosto de 2023 dinamitaron las torres de refrigeración (Ver #70 Con Pereira en Compostilla). Endesa anuncia ahora, casi apurando el tiempo, que en 2026 las chimeneas se despedirán tras décadas de servicio, mientras aún otean el cielo reflejado en el pantano de Bárcena, tan crecido en este año embravecido de nieve y lluvia. Desmantelamiento, le dicen.
El Bierzo tendrá que despedirse de las chimeneas de la central de Compostilla II en Cubillos del Sil el 12 de febrero de 2026. Diremos adiós a distancia, no vaya a ser que a alguien le golpee un trozo de cemento tiznado por el mismo hollín que ha revestido el interior de los pulmones de los bercianos: una pintura invisible y dolorosamente inevitable. Otros se han aprovechado bien de darle al interruptor para que se haga la luz al otro lado del Manzanal.
Podrían haber salvado de la quema una torre de refrigeración —las orondas vomitadoras de vapor de agua—, una sola, elegida al compás del "pito pito gorgorito". Pero ahora nadie va a apostar por dejar una chimenea en pie, una cualquiera, la que los mandamases de este latrocinio decidieran.
REFERENTES VISUALES
Las dos chimeneas miden casi tanto como la torre Eiffel de París: 290 metros. La comparación es acertada. Tras la Exposición Universal de 1889, la estrambótica torre iba a ser desmontada. Alguien avispado soñó con hordas de turistas dejando el aliento en sus escaleras. Ahora es orgullo de Francia. Odiosa comparación.
Compostilla II fue la segunda central térmica más grande de España, tras la de As Pontes, en A Coruña, y todo en ella era gigante. Entró en funcionamiento en 1961, tras tres años en obras, dando fin a Compostilla I, hoy felizmente recuperada como espacio de encuentro cultural.
En la década de los ochenta consumía unos tres millones de toneladas al año de hulla-antracita, un pantagruélico festín. Para hacernos una idea: un cubo de hulla-antracita que representara tres millones de toneladas anuales tendría unos 128,3 metros de lado. Como si colocáramos 24 torres de la Rosaleda, pegadas una junto a la otra. Más de dos millones de metros cúbicos: el equivalente a más de 850 piscinas olímpicas rebosantes de mineral.
Estas chimeneas expulsaban el humo en inmensas columnas visibles a más de 40 kilómetros. En la memoria permanecerá para siempre el perfil hacia el oeste, al comenzar a bajar la N-VI o A-6, dejando atrás La Cepeda, con la convicción de que ya habías llegado a casa. La segunda más grande de España, sí, e indudablemente una de las más contaminantes, vertiendo a la atmósfera venenos como el CO₂, CO, SO₂... causantes del cambio climático y diversos cánceres. Es difícil cuantificar el daño sanitario producido en los habitantes de El Bierzo durante estos casi 60 años: un alto precio en pos de la modernidad y el confort de quienes jamás verían tal fábrica de luz.
En junio de 2020 la empresa Enel cerró definitivamente Compostilla II.
LUZ EN LA OSCURIDAD
Pero si solo viéramos aspectos negativos en su creación, estaríamos obrando como verdaderos imbéciles. Gracias al empeño de personas —mujeres y hombres que decidieron asentarse en El Bierzo— y con la creación de Endesa, este país pudo empezar a caminar hacia una situación más próspera. No hay ni ha habido ninguna actividad humana que no produzca una reacción en el entorno. Hasta nosotros, senderistas, removemos el territorio con nuestras zapatillas y desechos, afectando a los seres que lo habitan y que, barruntamos, no tienen ni idea de quiénes somos ni qué motivaciones nos mueven.
No hay que ver aquella época con tanta oscuridad con tanta tristeza. Que tras las chimeneas, el humo, la pobreza de un país que se estaba levantando, la fachada de los Aquilianos seguía ahí pintada de blanco cada invierno. El verde de la primavera siempre ha casado bien con los grises. Es mejor la luz que la oscuridad. Ponferrada no era el Londres de Jack el Destripador, camuflado por el smog. Para algunos, tal vez jamás deberíamos haber bajado del árbol y descubierto el fuego. No les faltará razón, pero ya que estamos aquí, no ha quedado más remedio que avanzar.
DESPEDIDA
Antes de eso, debemos acudir a despedir al símbolo: las sombras más altas y delgadas, dos finos dedos apuntando al cielo más límpido y sereno. Aunque no queramos, en cuanto subimos a cualquier atalaya o en la planicie de pimientos y peras que llaman Bierzo Bajo, las torres señalaban —aún lo hacen— un punto cardinal, el pivote donde todo ha girado. Como los obeliscos egipcios: la conmemoración de la energía, alegoría de la vida.
Lo que más duele es la obcecación por retirar el cadáver, limpiar todo a conciencia, vender el muerto por partes, barrer el suelo y decir que aquí no ha pasado nada, circulen. Como un crimen bochornoso, un pecado del siglo XX del que hay que deshacerse sin pasar siquiera por el diván del psicoanalista, enterrándolo en la íntima memoria colectiva.
Ahora sí, el Sueño de Vapor se hará eterno. En la cocina de Vulcano, donde se fabricaba el alimento de la modernidad con carbón, agua y vapor. La alquimia que iluminaba al mundo, con las más altas chimeneas que diluían su ponzoña amarillenta en el aire berciano.
Todavía queda tiempo para despedirse.





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