#121 / EL EJÉRCITO DE FOLÍN
- Luis García Prieto
- 30 abr
- 2 min de lectura
««El ejército del Folín avanzaba hacia el este en pos de su enemigo».
Así hubiera empezado Stephen King un relato inspirado en lo que vivimos.
Mediada la tarde del último sábado de abril, subíamos por el camino troncal de La Dehesa, en el límite con Villalibre de la Jurisdicción. Un chalé de estilo Bauhaus —tan reconocible en medio de tierra y vegetación— sirve de eje visual en este paraje de mencía, con la presencia lejana del Recunco. La Dehesa estaba en su mejor momento: viñedos densos, verdes, borrachos de primavera. En cuanto ganamos algo de altura, hacia el oeste, en dirección a Villadepalos y más allá, apareció una franja blanquecina que ascendía del suelo y cortaba el paisaje. Brillaba con una luz tenue bajo aquel cielo de nubes y claros. Durante unos minutos pensamos en lo evidente: humo. Quizá una quema agrícola. Demasiado grande. Además, el humo no se levantaba al cielo en columna. O algo peor: un escape de la cementera de Toral de los Vados. La forma tampoco ayudaba al discernimiento: una larga pared, como si un descomunal ejército a caballo levantara una polvareda.
Pero no había foco, ni chimenea, ni llama. La escala resultaba desconcertante: kilómetros de una presencia que parecía viva. Para mayor desconcierto, otra forma se alzó frente a las Barrancas de Santalla, siguiendo el trazado del Sil. A medida que ganábamos altura, el fenómeno se ordenaba ante nosotros. Por un momento llegamos a inquietarnos al ver que avanzaba en nuestra dirección. Casi de improviso, ese velo atenuó la claridad del paisaje sin remedio ni escapatoria. No era humo, ni emanaciones tóxicas: ¡era el aire dibujándose! Incontable semillas de chopo —ese folín que en abril y mayo cae como nieve— viajaban juntas, obedeciendo a un viento que parecía mandado por un general. La luz lateral, filtrada entre nubes, hacía el resto: cada fibra dispersaba el brillo y la masa adquiría cuerpo. Desde el Torullón, el ejército reveló su intención: una estructura continua, nacida de la larga chopera del Sil y el Cúa, deslizándose hacia el este.
Era un fenómeno natural revelado en condiciones extraordinarias: una dispersión anemócora convertida en figura. El viento, normalmente invisible, se volvió legible gracias a esas semillas ligerísimas que actuaban como trazadores.
El aire de la tarde comenzó a perder nitidez; la masa ya cubría Dehesas. Al girar y contemplar Ponferrada en la distancia, pudimos advertir que la ciudad se había sumido en una neblina que desdibujaba la torre de la Rosaleda.
Ya en el valle de Rimor, protegido por las lomas y el soto, aquel ejército se vio obligado a presentar armas, regalándonos una de las nevadas de folín más memorables que habíamos presenciado jamás.
Fuimos testigos de algo singular, no tanto por lo extraordinario de su origen como por la precisión con que, durante un rato, la naturaleza decidió mostrarse como un cuerpo en movimiento: una nube que se fue posando y diluyendo en los campos. El viento, la luz, el aire y la primavera compusieron un escenario sobrecogedor e inofensivo.





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