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#125 / LA TORRE DE LA ROSALEDA

  • Foto del escritor: Luis García Prieto
    Luis García Prieto
  • 6 jul
  • 4 min de lectura

Con las torres de Compostilla II ya dinamitadas en 2026, pocos referentes visuales quedan en el municipio ponferradino que puedan ejercer de bandera en el horizonte. No en vano, es difícil encontrar en esta web una ruta que no ofrezca alguna perspectiva sobre la ciudad y sobre la Torre de la Rosaleda (TR).

Ha sido calificada como el edificio más feo de España. «Aberración visual», la han llamado los más comedidos. Un tetris. Símbolo de la especulación de unos años de vértigo que todos recordamos. Uno, con cierta afición por los rascacielos y tendencia a defender lo propio, no puede evitar disgustarse con quienes ven siempre la botella medio vacía.

La Torre de la Rosaleda mide 107 metros y tiene treinta plantas. Es el edificio residencial más alto de Castilla y León, lo que en esta comunidad equivale a ser el Burj Khalifa de esta comarca al otro lado del Manzanal. La supera en tres metros la torre de la catedral nueva de Salamanca, aunque no me imagino a ningún Mariquelo berciano trepando hasta la cúpula para comprobar si todo está en orden tras un seísmo.

Las obras comenzaron en 2006 y concluyeron en 2009, justo a tiempo para que la crisis inmobiliaria convirtiera el edificio en símbolo involuntario de algo más que ladrillo y cemento.

Recuerdo como si fuera hoy el día en que fui a ver el enorme agujero del cimiento: una piscina olímpica soñada por Gulliver. Era domingo y solo había paz en aquella entrada al inframundo. Los edificios son metáforas inversas de la vida: primero el agujero, la base, y luego el ímpetu del crecimiento. En las personas ocurre al revés; al final es el agujero el que espera. Aunque hoy esa espera se parece más a reposar en el nicho número 18, Fila 4, Bloque VII, Zona Sur.

Circuló en su día un render de cómo quedaría la TR: un edificio acristalado que apuntaba al cielo con forma de pirámide estrecha y alargada, muy al estilo de Houston o de las torres que te reciben al salir de la estación de Chamartín. Parece que jugaban al despiste.

El arquitecto Juan Francisco Álvarez Quirós firmó la obra. Sin el relumbrón de los arquitectos estrella, supo medir con precisión el lugar donde se alzaría. La comparó con un gran tronco de árbol con dos mochilas, tan alto como un faro en busca del mar. Lo del tronco está bien traído. Lo de las mochilas, menos; aunque para una web de senderismo el paralelismo nos vale.

Han pasado por Ponferrada cronistas de papel, youtubers de relativo éxito, expertos en nada y opinadores de todo, desprestigiando la TR casi por costumbre. Eso es atacar al débil: disparar contra un pueblo que osa levantarse del suelo más alto que su propia basílica. Tal vez en Madrid o en Barcelona no se atreverían a tanto. Y además que no la firmó un Foster o un Jean Nouvel —el que plantó un falo metálico en Barcelona—, o un Calatrava —gracias damos a la Virgen de la Encina por no haber tenido dinero para pagar sus honorarios—, que nos hubiera colocado algún armazón de bivalvo en un lugar cuya única costa es la del embalse de Bárcena. Lo curioso es que, mientras aquí se discutía si el edificio era una aberración o una afrenta al paisaje, en Europa alguien se tomó la molestia de mirarlo con más detenimiento. En 2008, los European Property Awards —uno de los reconocimientos más prestigiosos del sector inmobiliario en el continente— le otorgaron el premio al mejor edificio desarrollado. No es un galardón menor, ni un premio de consolación de esos que se inventan para que todo el mundo se vaya contento a casa. Es el tipo de reconocimiento que los detractores locales nunca mencionan, quizás porque complica demasiado el relato fácil.

Conviene recordar que la Torre Eiffel fue concebida para ser derribada. ¿De verdad ningún parisino, viendo cómo ganaba metros ese armatoste de hierro, escupió sobre la tumba del que tuvo semejante ocurrencia? No pretendo comparar, solo advertir de que el tiempo convierte la tragedia en comedia y transmuta la animadversión en fraternidad.

La TR tiene personalidad. No es fácil levantar algo que destaque sin caer en el delirio gozoso de una Zaha Hadid, cuya arquitectura envejecerá de manera impredecible. La TR es sobria. Se asemeja a un árbol, y ese diálogo con el entorno concuerda con el lugar. Su revestimiento imita la textura de la madera y, visto desde cierta distancia y con cierta generosidad, el conjunto no carece de dignidad.

En agosto de 2016, saltadores base se lanzaron desde su planta más alta durante el Mundial de la disciplina. Imagino el momento: el borde, el vacío, Ponferrada extendida allá abajo como un mapa vivo, y esa fracción de segundo antes de saltar en la que la ciudad entera cabe en la mirada. No muchos edificios de este país han servido para eso. Es, también, una metáfora de la comarca: en permanente salto al vacío, en caída libérrima, sin saber si el paracaídas se abrirá.

Sueño con que al bulevar le retiren el nombre de ese exiliado rey ladrón y lo bauticen con el de Enrique Gil y Carrasco, ponferradino de pro, y que me perdonen desde donde el Burbia y el Valcarce se encuentran. Una estatua que le dé la espalda al edificio, que mire hacia los Aquilianos y la Guiana, donde reposa el culmen de su obra: ese sería el final digno de una historia que aún no ha terminado.

Los edificios, como los seres vivos, se desarrollan y evolucionan. La Torre de la Rosaleda ha superado bien la adolescencia, tras unos comienzos en los que estuvo algo sola de residentes, y se encamina hacia su mayoría de edad. Tiempo al tiempo.

Hay algo que nadie le reconoce y que, sin embargo, lleva años haciendo sin aspavientos. Cuando te alejas de la ciudad y empiezas a ganar altura —el Pajariel, el Picueto, los Aquilianos, cualquier ladera desde la que el Bierzo se abre de golpe— la TR aparece entre la bruma o bajo el sol de agosto, quieta y vertical, como quien lleva mucho tiempo esperando en el mismo sitio. No hace falta orientarse: donde está ella, está Ponferrada. Donde está Ponferrada, está lo propio. Nadie lo proyectó para ese menester, nadie lo incluyó en la memoria del arquitecto, nadie lo pidió. Y sin embargo ahí está, cumpliendo esa función tan vieja y tan nuestra: ser la señal que te recuerda, desde lo alto, que tienes un lugar en el mundo, y que ese lugar está ahí abajo.




 
 
 

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