#128 / CASTRO DE COLUMBRIANOS
- Luis García Prieto
- hace 4 días
- 3 min de lectura
El Monte Castro de Columbrianos acumula varios méritos, aunque no todos son positivos. Es el castro más visible desde la ciudad: su silueta ovalada cierra la línea del horizonte cuando miramos al norte, y una pequeña luz roja lo señaliza incluso en las noches más cerradas. Un faro involuntario, un guiño que nadie ha pedido. Se trata de un cerro granítico de 804 metros de altura, apenas once por debajo del Pajariel, y es también el más extenso de los dieciséis castros del término municipal de Ponferrada, con 3,2 hectáreas. Más que duplica en superficie al castillo de Ponferrada. Cabe imaginar, por un momento, la cantidad de gentes que vivieron ahí arriba, la densidad de voces, de humo, de vida.
Conviene no entretenerse demasiado en esa imagen, porque lo que vino después cuesta más de sostener.
Hoy el Castro de Columbrianos es también el más castigado de todos. Atravesado por dos enormes líneas eléctricas cuyos tendidos arrasaron su cima, las torres que las sustentan superan los veinticinco metros —la altura equivalente a un edificio de ocho plantas— y son las mayores que pueden verse en el municipio. Parten de la subestación de Montearenas hacia la subestación de La Lomba, canalizando energía hidráulica y eólica, y hasta hace pocos años también la generada por Compostilla II, hoy prácticamente desmantelada. Citar estos gigantes no es caprichoso: llevan tanto tiempo ahí que ya son parte del castro, como los pinos. Como si siempre hubieran estado.
Pero no siempre estuvieron.
Para que las torres se asentaran, hubo que abrir un cortafuegos de este a oeste que rasuró el cerro. La maquinaria pesada hizo su trabajo con la eficacia que la caracteriza. Lo que había debajo —muros, hogares, cerámica, la memoria estratificada de siglos— quedó bajo las orugas sin que nadie tomara demasiada nota. El progreso tenía prisa, como siempre. El pasado podía esperar, como siempre. Y el pasado, que no tiene más remedio, esperó.
Lo que hoy puede verse es casi inapreciable. Apenas algo de piedra careada en el lado oeste, único testimonio visible de lo que fue el recinto: el único flanco al que la máquina no llegó del todo. Un resto de muralla que resistió no por voluntad propia, sino por geometría. Casi un accidente. Como esos supervivientes que salvan la vida por haber llegado tarde.
Y sin embargo, antes de todo esto, fue un lugar considerable. Su planta ovalada estuvo protegida por un foso que rodeaba completamente el poblado, reforzado al norte con un segundo foso. Desde lo alto se dominaba todo el entorno, en ese gesto característico de los castros que buscaban la altura no por soberbia sino por necesidad: ver y ser vistos, pero en sus propios términos. Los estudios de los restos visibles apuntan a una ocupación continua o intermitente desde la Edad del Hierro I hasta la época romano-altoimperial. Tres grandes etapas históricas. Generaciones que nacieron y murieron ahí arriba, que miraron el mismo horizonte que hoy cortamos con cables.
Ahora es un monte de pinos —pinus pinaster, pino negral en su mayoría—, algún castaño, alguna especie propia de la zona. Podría ser tan visitado como el Pajariel. Pero la Nacional VI y su heredera, la autovía, levantan una barrera que desanima a quien no insiste. La manera más sencilla de acercarse es partir desde San Andrés de Montejos, preferiblemente en transporte público, como se detalla en la ruta: 6 RCBP Subida al Monte Castro.
Merece la pena insistir. Merece la pena subir y buscar esas piedras en el lado oeste, los últimos testigos de algo que nadie pidió permiso para destruir. Estar ahí, entre las torres y los pinos, y dejar que el lugar hable.
Que hay cosas que no vuelven. Y que a veces, cuando miramos al norte desde la ciudad y vemos esa luz roja en la oscuridad, que recordamos que ahí arriba hubo vida.
CÓMO LLEGAR
SMT. Línea 3.





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