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#127 / SAN BARTOLO Y UNA DIABLESA

  • Foto del escritor: Luis García Prieto
    Luis García Prieto
  • 2 ago
  • 4 min de lectura

La iglesia de San Miguel de Valdefrancos lleva oyendo el murmullo del Oza desde el siglo XVII. No muy lejos permanecen las ruinas de la antigua iglesia de San Bartolomé, hoy un cascarón convertido en cementerio. El Oza, ese pequeño río con alma de gigante, se la llevó por delante un 18 de junio de 1700.

Hay imágenes que apenas reclaman nuestra atención y otras que consiguen retenerla desde el primer instante. En la iglesia de San Miguel de Valdefrancos ocurre con la talla de San Bartolomé, San Bartolo, como lo llaman con cariño en el pueblo. Basta cruzar el umbral para encontrarla, en el lateral derecho, ocupando el centro de su propio retablo. Quizá sea por el gran cuchillo que sostiene sobre su hombro, por la pequeña figura demoníaca encadenada a sus pies o, sencillamente, por la serenidad con la que afronta ambos símbolos. Lo cierto es que basta detenerse unos segundos frente a ella para comprender que no es una escultura cualquiera.

Realizada en 1611, esta imagen policromada de 143 centímetros de altura constituye una de las obras más interesantes que conserva el templo, con permiso de San Miguel. Pero también es una de esas esculturas cuya historia conocemos con un detalle poco frecuente. El contrato original para su ejecución se conserva en el Archivo Histórico Provincial de León y permite reconstruir cómo nació una de las imágenes más queridas de Valdefrancos.

El 3 de enero de 1611, el escultor Bartolomé Boto, vecino de Ponferrada, se comprometía a tallar «una figura del Señor San Bartolomé, con su fiera a los pies y cadena y cuchillo». Debía entregarla antes de la Pascua de Resurrección y serían los propios vecinos y cofrades de la cofradía de San Bartolomé quienes darían el visto bueno a la obra, después de que fuera tasada por el licenciado Diego Ares Boto. Como adelanto recibió cuatro ducados y el resto se abonaría una vez terminada. El documento añade un detalle muy revelador: la imagen debía entregarse en madera lisa, todavía sin pintar.

Pocos meses después entró en escena Pedro Sarmiento (un pintor y dorador renacentista y manierista que trabajó mucho en el entorno de Ponferrada, vecino de Salas de los Barrios), encargado de dorarla y policromarla antes de la festividad de San Bartolomé. Gracias a estos documentos conocemos algo más que una fecha: podemos seguir el proceso completo de creación de la escultura y poner nombre a las personas que la hicieron posible hace más de cuatro siglos.

La imagen representa al apóstol de pie, vestido con una amplia túnica ceñida a la cintura y un manto de profundos pliegues que cae con elegancia hasta descubrir sus pies descalzos. El rostro transmite una calma que llama la atención. De facciones alargadas, barba cuidadosamente modelada y cabello ondulado, no busca el dramatismo ni el gesto exagerado. Al contrario, mantiene una expresión serena y contenida que contrasta con los atributos que lo identifican. Es precisamente esa combinación de equilibrio y simbolismo la que sitúa la obra dentro del romanismo, un estilo desarrollado a finales del siglo XVI y comienzos del XVII que, inspirado en el Renacimiento italiano, perseguía la armonía de las proporciones y una belleza idealizada antes que la emoción desbordante que caracterizaría al Barroco. No hace falta ir muy lejos para encontrar uno de sus grandes referentes: el retablo mayor de la Catedral de Astorga, diseñado por Gaspar Becerra, está considerado una de las obras maestras del romanismo español.

Los símbolos que acompañan al santo ayudan a reconocerlo de inmediato. El gran cuchillo recuerda el martirio que sufrió San Bartolomé al ser desollado vivo por mantenerse fiel a su fe. Lejos de representar una escena violenta, el escultor optó por un lenguaje mucho más contenido: basta mostrar el instrumento del martirio para que el espectador comprenda la historia.

A sus pies aparece una pequeña figura demoníaca sujeta por una cadena. Popularmente conocida como la «diablesa» o «diablilla», simboliza el poder que, según la tradición, recibió el apóstol para expulsar demonios y someter las fuerzas del mal. Su modelado resulta mucho más sencillo que el del santo, como si el escultor hubiera querido concentrar toda la atención en la figura principal. La cadena cae con naturalidad desde la mano del apóstol mientras la pequeña figura permanece vencida, sin ofrecer resistencia. Más que sujetarla físicamente, la cadena parece simbolizar un dominio que ya se ha consumado. La escena transmite autoridad, pero sin violencia; firmeza, pero también serenidad.

La escultura ocupa la calle central de un retablo que combina dos épocas artísticas. Su parte inferior, contemporánea de la imagen, responde también al romanismo, con columnas clásicas y una composición sobria y equilibrada. Sobre ella se añadió posteriormente un cuerpo barroco mucho más ornamentado, cuya exuberancia contrasta con la elegancia contenida del conjunto original. Ese diálogo entre ambos estilos convierte al retablo en una pieza especialmente interesante, aunque es la figura de San Bartolomé la que termina captando la atención del visitante.

Aunque la policromía original fue realizada por Pedro Sarmiento, la documentación también indica que la imagen fue repintada posteriormente.

Cuando el Oza destruyó la antigua iglesia de San Bartolomé en aquel lejano junio de 1700, la imagen encontró un nuevo hogar en la que sería la iglesia de San Miguel. Allí continúa desde entonces, contemplando el paso de generaciones enteras de vecinos y visitantes. Quizá ese sea su mayor mérito: más de cuatrocientos años después de ser tallada, sigue comunicando su mensaje con la misma claridad con la que fue concebida. No hace falta conocer la vida del apóstol ni dominar la historia del arte para comprender que el cuchillo habla de su martirio y la cadena de la victoria sobre el mal. Ese era, precisamente, el propósito de la imaginería religiosa: enseñar a través de las imágenes.

Merece la pena entrar en la iglesia de San Miguel de Valdefrancos y detenerse unos minutos ante esta talla. Las mejores obras de arte no siempre son las más famosas, sino aquellas que todavía saben hablar a quien les concede un poco de tiempo.

 

VISITA

Hasta el 6 de septiembre 2026Martes a sábado: 11:00-14:00 h y 17:00-19:30 h.

Y si tienes la suerte de coincidir con Olga, será ella quien te abra las puertas de la iglesia y te enseñe, con el orgullo de quien aprecia su patrimonio y lo siente suyo.




 
 
 

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