#120 / LOPE Y ZÚÑIGA, DOS CARAS EN LA MISMA MONEDA
- Luis García Prieto
- 24 abr
- 6 Min. de lectura
ZÚÑIGA Y LOS PLACERES
En la noche oscura de Lima, un hombre embozado salió de un palacio, confiado en la discreción de las sombras, sin escolta ni apoyo. Buscaba una puerta discreta, una luz encendida tras una celosía. Un deseo irrefrenable le empujaba a través de la ciudad dormida. Al amanecer, su cuerpo yacía en la calle, junto al muro, como si la noche misma lo hubiera abandonado allí. Lima, ansiosa de chismes, despertó con la inesperada noticia: ¡habían asesinado al virrey, a don Diego López de Zúñiga y Velasco!
El berciano Lope García de Castro era un alto funcionario, presidente del Real Consejo de Indias, frisando la cincuentena. Metódico, eficaz, aburrido. Mucho tiempo antes, ya habían llegado hasta la Corte de Felipe II en Madrid las noticias de los malos usos que ejercía el conde de Nieva, confiado en su omnipotencia y en la distancia de Felipe II. Decían de don Diego que era frívolo, perezoso, libertino y derrochador. Que cuando arribó a Lima en 1561 estaba lleno de deudas. El carácter humano permanece, en lo bajo y en lo alto, a través de los milenios. Don Diego podría ser ministro en la España de Felipe VI, que la Corte no ha salido de Madrid, y los anhelos son los mismos.
Por su rango, Lope sabía de las andanzas del díscolo virrey. Que había iniciado su gobierno intentando reforzar la autoridad virreinal frente a oidores y encomenderos. Despilfarrando dinero, empeñando hasta los bienes del rey y favoreciendo a sus amigos. Anduvo a la gresca con miembros de la Audiencia y sectores de la élite limeña. Y de su gusto por las mujeres casadas, que le llevaría a ser golpeado hasta la muerte por los lacayos de un marido celoso y justiciero. Sin mucho margen de oposición, Lope supo que debía cruzar la Mar Océana y llegarse a Lima para destituir al mal servidor. Ejercer de presidente de la Audiencia de Lima, con amplios poderes, tomando las riendas de una parte de esa España lejana que paría plata. Quién sabe si en esa mañana madrileña, recordó su pueblo, Villanueva de Valdueza, donde el mundo se escondía entre los profundos valles y la presencia de la Guiana, esa montaña mítica a la que nunca pudo subir. El mismo vértigo del empinado camino a la cumbre, le atenazaría. Como buen cumplidor, aceptó el reto.
En el largo periplo desde Cádiz, debió de tener tiempo para reflexionar sobre su vida hasta ese momento: su paso por Salamanca, donde conoció a Francisco de Vitoria, de quien aprendió que los indios son, por derecho natural, libres y señores de sus dominios; una idea revolucionaria que le quita capas de negro a la leyenda infame que muchos no quieren oír. Su etapa como juez de residencia en El Bierzo, hasta que su buen hacer lo llevó a Valladolid como oidor de la Audiencia, y su salto a la Corte en 1558, donde trató con el mismísimo Felipe II.
Llegó a Lima un 22 de septiembre de 1564. No es mal mes para arribar a Lima, en la transición del invierno a la primavera, cuando la garúa —una misteriosa niebla marina que cubre esa ciudad levantada en un desierto—, empieza a remitir. Un tiempo antes, en Panamá, le llegó la buena nueva de que don Diego había fallecido. Buena, sí. De esa manera, no tendría que enfrentar a un noble que sabía más de espadas que de leyes, que se revolvería con uñas y dientes antes de entregar su poder sin enfrentar batalla. Y buena parte de la sociedad limeña, descontenta con Diego, vería con buenos ojos la llegada del gobernador.
TAREAS LIMEÑAS
En un lustro bien aprovechado, Lope de Castro demostró que la toga puede más que la espada cuando se sabe dónde firmar. Fundó la Casa de la Moneda en Lima: a partir de entonces, la plata de Potosí —esa palabra que quedó en el imaginario español como sinónimo de riqueza sin fondo— podía convertirse en moneda sin tener que cruzar el Atlántico de ida y vuelta como si no hubiera otra solución. El mercurio de las minas de Huancavelica era la pieza que faltaba: sin él no había forma de refinar el metal, y Lope se aseguró de que ambos engranajes encajaran.
Reorganizó también la justicia: creó la Sala del Crimen de Lima —el mismo lugar donde, ironías del destino, podría haberse sentado Diego López por sus correrías nocturnas, o incluso el marido ofendido y sus lacayos—. Y estableció nuevas Audiencias en Quito y Chile, porque un imperio sin administración no es un imperio; es simplemente un territorio ocupado.
Otro berciano salta a la historia de España. Natural de Congosto, Álvaro de Mendaña de Neira era sobrino de Lope. Bajo el gobierno de este se organizó la audaz empresa de explorar el gran océano del sur. Con apenas 25 años Mendaña partió del Callao en 1567 en busca de las riquezas que se creía ocultaban las islas del Pacífico. Tras meses de navegación halló un vasto archipiélago al que llamó Islas Salomón, convencido de haber encontrado las legendarias tierras del rey bíblico. Las riquezas no aparecieron, pero la expedición abrió para la Monarquía Hispánica una nueva ruta de exploración en el Pacífico. Décadas después Mendaña regresó a aquellas aguas con su joven esposa, Isabel Barreto de Castro, que acabaría asumiendo el mando de la flota tras la muerte del navegante. Robert Graves lo contó mejor que nadie en Los mares del Sur.
En 1569, tras cinco años siendo el brazo de Felipe II en el Perú, entregó el mando a Francisco Álvarez de Toledo, investido esta vez sí como virrey. Regresa a España y continúa en la Corte, en sus altas funciones políticas, no sabemos si añorando la suavidad del clima —nada que ver con la hostil Castilla—, y el ambiente vibrante de la capital del virreinato, el verdadero centro del poder imperial en América.
Lope murió en Madrid. Quiso volver a su pueblo natal, dejándolo por escrito antes de fallecer un 8 de enero de 1576. Su figura se diluyó en el devenir de la Historia. Nadie habló de él durante más de tres siglos, al haber quedado oculto bajo un retablo y una tarima instalados a finales del siglo XVII en la iglesia de Villanueva de Valdueza. Y ahí hubiera permanecido, como un hijo olvidado de la comarca. Un joven y humilde cura Marista, José Diego Rodríguez Cubero, visitó el Museo Nacional de Lima en 1957. Se topó, sin él esperarlo, con que aquel personaje tan ilustre había nacido en su pueblo, en su añorada Villanueva de Valdueza. Podemos suponer la enorme sorpresa y el regocijo que debió producirle tal encuentro, los giros del destino.
A OJO DE BUEN CUBERO
El 20 de julio de 2019, tuve la oportunidad de asistir a lo que probablemente fue una de las últimas intervenciones de Rodríguez Cubero hablando sobre Lope García de Castro. La iglesia de Villanueva de Valdueza se llenó para escucharle. Compartió recuerdos del descubrimiento casual en Lima. Lope yacía bajo el suelo del templo, no sabemos si escuchando complacido o con ganas de corregirnos. Rodríguez Cubero se había traído un fiel escudero desde Lima, Javier Enrique Robles Bocanegra, autor de una premiada tesis sobre el poder político y la cultura virreinal en tiempos de Lope García de Castro. Al salir del templo, nos detuvimos ante la antigua casa del cura, la misma en que había nacido Lope, en un estado lamentable.
ESPADA Y TOGA
Este relato empezaba con el vergonzante final de Diego López de Zúñiga, dicen que rematado con sacos de arena por los lacayos de un cornudo. No podemos desdeñar que de no haber sido por la vida desordenada del virrey, el bueno de Lope hubiera quedado diluido en los legajos y listados de funcionarios de Felipe II, empeñados en ordenar una empresa tan grande como la del Nuevo Mundo. Entre los dos representan los arquetipos de la conquista de América. Zúñiga pertenecía al mundo de la espada, al impulso dominado por las pasiones que florecen con el poder, la sinrazón de los hombres que toman al asalto. Mientras, Lope es la toga, el juicio del letrado que ordena y administra. Uno abre el camino; el otro le da forma. Y entre ambos —como si fueran las dos caras de una misma moneda de plata— se revela la verdad profunda del siglo XVI: que los imperios se ganan con la espada, y que sobreviven gracias a las leyes.
PARA SABER MÁS:
Rodríguez Cubero, José Diego. El Señorío de Villanueva de Valdueza. Editorial Basílica de la Encina. Depósito Legal LE-953/LE.
Rodríguez Cubero, José Diego. "El mejor virrey del Perú: el berciano don Lope García de Castro". Revista de Estudios Bercianos núm 38. Enero 2014. Pág 77-102. ISSN: 0211-6863.
Rodríguez Cubero, José Diego. Don Lope García de Castro y Baeza de Grijalba, un virrey berciano desconocido en el Bierzo. Ediciones Hontanar. Ponferrada 2003. ISBN: 84-95728-10-9.
Robles Bocanegra, Javier Enrique. La efigie del rey en el corregidor de indios: Cultura política y poder real de un magistrado en el proceso de consolidación del Estado virreinal durante el régimen del gobernador Lope García de Castro, Perú 1564-1569. Tesis doctoral presentada en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima, Perú. 2015.
Robles Bocanegra, Javier Enrique. Efigies del rey en los Andes. Cultura política y corregidores de indios en el gobierno de Lope García de Castro (Perú, 1564-1569). Grupo Editorial Caja Negra.
ÚLTIMA VOLUNTAD
Cortometraje sobre los últimos momentos de Lope García de Castro. Este trabajo forma parte del trabajo "La iglesia de Villanueva de Valdueza: el descanso del virrey", ganador de un primer premio del concurso Patrimonio Joven de Futuro.





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