#115 / VIRGEN DE FOLIBAR
- Luis García Prieto
- hace 1 hora
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Entrar en una iglesia bajo el aplastante calor de una tarde de agosto hace más creyentes que varias homilías del Papa. La iglesia de San Esteban de Valdueza es un templo modesto en su exterior, enclavado en mitad de la calle Real, engalanada de casonas con escudos. Hasta hace poco exhibía sobre la entrada una placa dedicada a dos vecinos del pueblo caídos en la guerra civil, un reducto franquista que la aplicación de la Ley de Memoria Histórica ha ido suprimiendo.
Pasé de 33 grados a la sombra a un recinto fresco, con las luces encendidas como si fuera a empezar la misa. El Programa de Apertura de Monumentos —un acuerdo entre la Junta de Castilla y León y el Obispado de Astorga— permitía a los visitantes veraniegos entrar en lugares normalmente vedados, reservados para finados, niños de comunión, parejas de desposados o similares. Mi deseo era poder encontrarme con la Virgen de Folibar y retratarla. Sabía que debía estar abierta, aunque no las tenía todas conmigo. Nadie había en aquella hora de siesta y piscina. En todo el rato que recorrí la iglesia no salió nadie a echar un ojo, a saludar. Podría haberme entrado el espíritu de Eric el Belga —que decía que robaba obras por amor al arte— y salir corriendo con San Juan Bautista bajo el brazo.
El retablo, de estilo barroco, muestra a San Esteban en el centro, la Virgen del Rosario a la izquierda y Nuestra Señora de Folibar a la derecha. No fue difícil distinguir la talla gótica de la primera mitad del siglo XIV, tallada en madera y policromada en azul, rojo y dorado. Unos colores que dan vida al tristón retablo. Con su poco más de un metro, destacaba en el cuidado templo. Bien asentada en su sitial, mira fijamente. Los textos dicen que esboza una sonrisa leve y serena, que en el románico es símbolo de paz y sabiduría divina, no de emoción humana. No diría tanto: parece más un gesto que una intención. Lo indudable es que esta virgen tiene algo de la Gioconda o, viceversa, de Buda: una paz profunda y un estado de conciencia más allá de las pasiones humanas. No muy lejos de San Esteban, en la bella Molinaseca, la diosa Kannon aguarda en un nogal, sin niño pero con más nexos y similitudes de los que pudieran parecer. También su mirada es serena, y podría intuirse que esas comisuras van a derivar en sonrisa.
Sostiene la de Folibar en la mano derecha una manzana —no sabemos si reineta—, fruto del Paraíso, memoria del primer pecado. Desde su hieratismo encarna a la Nueva Eva, redimida, capaz de deshacer el error primero al ofrecer al mundo a su Hijo. No podemos olvidar al Niño en esta dualidad madre/hijo, onda/partícula, yin/yang. El Niño, ya mayorcito, parece más alegre, ensimismado en algo que está detrás de la escena. Parece querer ir hacia aquello, pues gira las piernas y ofrece las manos, no sabemos si para dar o para recibir.
La Virgen habitó durante siglos en la iglesia de Nuestra Señora de Folibar, un templo levantado probablemente sobre uno romano dedicado al culto de los dioses Marte y Diana. Lo propio hubiera sido un templo levantado a la memoria de Isis, aunque la gente de Kemet —los antiguos egipcios— no llegaron tan lejos. Lugar de toponimia variable: Foyolobar, Fuenllevar, Fonlebar, Folibar. A ella acudían las gentes de San Esteban de Valdueza, San Cosme (desaparecido) y Valdefrancos, destino de peregrinación cada 24 de junio, día de San Juan. No lejos de allí, los monjes de Santullano, en el término del abadengo de San Pedro de Montes, trabajaban la tierra.
Tuvo fama de milagrera. En 1600, el corregidor de Ponferrada, el licenciado Rodrigo de Bera, ordenó levantar acta notarial de tres milagros atribuidos a la Virgen. El escribano Lope de Miranda firmó el documento. No se detallan los prodigios: nadie parece haber recuperado la vista, o saltado de la cama a las puertas de la muerte. Que la autoridad civil los registrara de forma oficial demuestra que la fama de la imagen iba más allá de la devoción popular y se situaba en un terreno considerado comprobable, al menos con los criterios de su tiempo. Ese prestigio explica que Magdalena de Armesto, vecina de Villar de los Barrios, pidiese en 1564 ser enterrada ante su altar.
Mendizábal, con sus buenas intenciones y desastrosas consecuencias, vino a desestabilizarlo todo. La iglesia se fue cayendo tras la Desamortización del recordado ministro de Hacienda de Isabel II. El campo donde se alzaba fue vendido y el comprador usó el edificio para guardar aperos de labranza. En una de mis muchas visitas, la iglesia —o lo que parecía haber sido— descollaba como nadador en la resaca, rodeada de cañas y malezas, cercada por hilo metálico, con esa apariencia de castillete.
Y entonces apareció Pescaderías Coruñesas para obrar el milagro. Se han apuntalado las piedras, se ha embellecido el entorno con caminos y vides, y las malezas no volverán a aparecer en años. Esta vez, sin ironía posible: a los tres milagros tradicionalmente atribuidos a la Virgen de Folibar se suma uno más, bien documentado y muy terrenal. La llegada de esta empresa puede considerarse, sin duda, el cuarto milagro de la Virgen.





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