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  • Luis García Prieto

#23. Mal Paso, puentes de leyenda.

Los martes y jueves el TD sube por la LE-142 hasta El Acebo como última parada. Ahora es gratis, dicen, aunque eso es una mentira piadosa ¡nada es gratis! Quizá pare en Molinaseca antes de comenzar a subir por esta carretera de curvas cerradas y excepcionales vistas a la obra que el río Meruelo ha ido haciendo milenio tras milenio. Que nadie se aflija, que volveremos a ver y pisar Molinaseca antes de lo pensado.

Pediremos que nos dejen en Riego de Ambrós, a la vera de la iglesia de Santa María Magdalena, del siglo XVI. La carretera no otorga a Riego de Ambrós la visión que se merece, rodeándolo con algo de desgana aunque también evitando el trasiego siempre incómodo de los automóviles. Es un pueblo típico de la montaña berciana, que ve los primeros rayos de sol, no exento de atractivos. Tras la calle Ranverde (curioso nombre: lanzo una llamada a quien me sepa decir su significado) entroncamos con la espléndida calle Real. Aunque el desvío indicado en el pdf, la delatora flecha amarilla, nos señala a la derecha, haremos oídos sordos y continuaremos 300 metros más, hasta la ermita de San Sebastián. Te aseguro que encontrarás muchos motivos para sacar buenas fotos. La calle El Corralón, con sus escaleras y sus balcones de flores; la fuente y las casas con corredor que han visto pasar a los peregrinos hacia Santiago. Precisamente, junto a la ermita de San Sebastián, se encuentra un albergue con la concha. Nos encontramos a más de 900 metros de altura, y en estos parajes, los inviernos han sido duros, y algún peregrino despistado habrá encontrado buen refugio atrapado en una tormenta de nieve, caída la noche o escapando de los lobos, de los de dos y de los cuatro patas.

Damos la vuelta y encontramos más atractivos de esta calle Real, donde no será raro encontrarnos ya a peregrinos, tras la peste. ¡Buen camino! ¡Buen camino! Nosotros habremos de torcer por la calle Cancillas y abandonar el Camino Jacobeo. ¿Seguro? Ciertamente no. El siempre citado historiador Cubero (lo saludamos con respeto) nos habla en un artículo de que este camino, que baja para encontrarse con el arroyo de las Presas, fue la traza original del Camino hasta que en el siglo XVI, por malhechores y gentes de mal vivir, se decidió hacerlo por la margen derecha del Meruelo, por la vía que, más o menos, hoy supone la LE-142.

En un zigzag llegamos al corte que el arroyo de las Presas ha ido formando, a la vera del Valdecouso y con el Teso de los Carriles en la mirada. El camino es una delicia, atravesando este bosque de robles y encinas, que primos hermanos son. A medida que avanzamos, el terreno se puede volver resbaladizo por la roca que aflora. Con humedad la advertencia debe ser mayor: bien lo sé, que apercibido por las muchas veces en que la he recorrido, me caí sin mayores consecuencias que una carcajada. Prestar atención será más difícil pues la vista se nos va al hermoso tajo que el Meruelo, todavía escondido muchos metros abajo, ha ido trazando, ayudado por el arroyo de Las Presas y el de San Bernardino.

Giros a izquierda y derecha salvando el desnivel hasta toparnos con La Puente Grande. De origen medieval más que romano, aunque las capas de la historia se suceden en este singular e hipnótico enclave. Siglos más tarde, durante la Guerra Civil, sirvió de refugio de los maquis. Y en la posguerra, este puente vio pasar a los que comerciaban con los productos del estraperlo. El uso en femenino de la palabra proviene del castellano antiguo en la Edad Media. Pese a ser una palabra latina de género masculino, fue usada en femenino hasta el siglo XVII en que volvió a ser utilizada en su forma masculina. Quizás el origen medieval de los puentes hizo que desde entonces la ruta haya sido considerada como Las Puentes y no como Los Puentes. Fin de la explicación.

Este cronista se encontró con dos peregrinos, a mediados de septiembre de 2018, que se bañaban desnudos en las gélidas aguas del río Meruelo, bajo la Puente Grande. Fue una sorpresa ya que es un tramo muy conocido localmente, aunque no debemos subestimar a los peregrinos, que son gente bien informada y valiente. La estampa de los dos muchachos me recordó a una pasaje de la película Barry Lyndon, el que la haya visto sabrá y el que no que la vea.

A los pies de La Puente Grande se vislumbra la fina plataforma sin pretiles, la fábrica de mampostería que ha aguantado tormentas y avenidas de agua. Sea cualquiera de las estaciones, esta porción del universo no defrauda. Y que a nadie extrañe si, sentados a la orilla del Meruelo, contemplando La Puente Grande, no pasase un caballo a galope cargado con oro; un peregrino que lleve la peste, sin saberlo, en el enjuto cuerpo; o la sombra de Cañueto al encuentro con Girón, repensando el tiro de gracia que acabe con el maqui más famoso.

Podríamos esperar la tarde en lugar tan bucólico, disfrutando de los juegos de luces y el sonido de un emplazamiento apenas hoyado, pero nos espera La Puente Pequeña. Desconozco en qué basan el calificativo, pues es este de dimensiones parecidas, bajo el que discurre el arroyo Pequeño (o de San Bernardino). Magnífica factura, los años no han pasado mal para él, para ella. Una sola pega. Por su emplazamiento, y los árboles que lo sitian, su visión es complicada, huidiza.

En el ascenso, con el Meruelo todavía escondido a la derecha, el camino se bifurca casi sin querer, señalizado con una placa de madera a la sombra de un roble. Si optáramos por la izquierda, nuestro esfuerzo nos conduciría a Los Barrios, donde los peregrinos iban a rendir culto al Santo Cristo de Villar de Los Barrios, famoso por sus milagros, ubicado en una ermita a la entrada de este pueblo berciano. Era tal su prestigio que Los Barrios de Salas llegaron a contar con hospitales, mesones, posadas y una malatería, en las inmediaciones de San Esteban de Valdueza. En 1583 se decidió abandonar el peligroso tramo de Las Puentes de Malpaso y llegar a Ponferrada por Molinaseca. Quizá habría que recuperar esta vieja vía, quizá alguien ya esté soñando con ello.

El camino asciende, con precipicios a los que mirar con recelo. El hermoso valle del río Meruelo, que discurre unos 100 metros más abajo, se hace notar con un ruido sordo, la indicación de que sigue trabajando la piedra sin prisa, sin un plan ni esquema. Al mirar hacia atrás podremos ver el Lombo Mayor (colina pequeña, la más grande de la zona en este caso). Tras él se hayan las Miédulas de Espinoso de Compludo. Son, junto a las minas de Castropodame, o La Leitosa, explotaciones a la sombra de Las Médulas. Se estima que se movieron más de 20 millones de metros cúbicos, lo que la convierte en una explotación modesta. Es curiosa la cantidad de canchales que se atraviesan: son como cascadas que se deslizan al abismo, con esas piedras negruzcas que el agua, transmutada en hielo, rompe sin piedad por las hendiduras. Pero esas acumulaciones se parecen demasiado a murias, el testigo de que los romanos buscaron oro. No son difíciles de ver, salvo que la vegetación las haya cercado. En unos meses saldrá la ruta 10 RCBP Arroyo de la Fervencia, que rodea el Cerro de la Fraga, donde se ven y se pisan estos testigos. Aunque estas especulaciones las dejo a personas más expertas, que yo no he encontrado referencias, pero no sería descabellado pensar en que, a 4 km de Las Miédulas, los romanos buscaran más oro. ¡Qué obsesión!

Tras el arroyo de la Ardecilla, que se salva con una pasarela metálica, la cascada de Fandemartín y el desvío al soto de castaños. Aparecen las dos iglesias de Molinaseca, visibles antes que el pueblo. La primera, el esbelto Santuario de las Angustias. Decía Rosalía de Castro:


«Castellanos de Castilla,

tratade ben ós galegos;

cando van, van como rosas;

Cando vén, vén como negros.»


Rosalía no estuvo en Molinaseca, ni conocía el Santuario, ni sabía que las gentes de Molinaseca la llaman cariñosamente "La Preciosa". Se cuenta, con tintes de leyenda, que los segadores gallegos que regresaban de trabajar en Castilla la usaban de refugio, y ofrecían sus hoces en agradecimiento a la Virgen, llevándose una astilla de la puerta de madera, que tuvo que ser forrada con hierro. Aquellos mismos que Rosalía sí conoció, de ahí el nexo, de rosas y espinas.

Molinaseca bien merece un recorrido pausado, disfrutando de sus atractivos y su aire jacobeo. La iglesia de San Nicolás saluda al caminante, con su rotunda torre barroca. Dispone de cuerpo de campanas que tocan, cada mediodía, la melodía del Ave María de Lourdes. Me parecía algo tan peculiar que, llevado por la desconfianza (cuántos datos son erróneos, llevados por esa otra peste que es el corta y pega, y el que esté libre de este pecado control+V que levante la mano) llamé a la oficina de Turismo donde me lo confirmaron.

El Palacio de los Balboa es comienzo de la calle Real, mirando al puente más evocador del Camino de Santiago. El llamado Puente Romano, donde podemos mirar de nuevo al Meruelo de tú a tú, volver a meter los pies en él, o todo el cuerpo entero como aquellos viajeros de La Puente Grande. Con la peste diluyéndose (las pestes van y vienen desde el principio del mundo) los peregrinos están regresando a la calle Real, una delicia de piedra, pizarra y corredores de madera, de macetas con flores al sol. En septiembre de 2021, Molinaseca fue declarada como Bien de Interés Cultural con categoría de Conjunto Histórico. Y ya lo era pero en 2021 Molinaseca fue incluido en la lista de Pueblos Más Bonitos de España. El Bierzo está lleno de pueblos notables y encantadores, y Molinaseca es uno de ellos. Al poco, la Casa de los Carrera, con su delicado escudo primorosamente tallado, con esa bordura en la que se puede leer “Todo es poco con Carreras y Albarez, Balcarzes-Ossorios”. Vias tuas domine mostra mihi. (Señor, muéstrame tus caminos). Parece dialogar con su vecina, la imponente casa-palacio de los Cangas- Pambley, conocida como la Casa de las Torres por motivos obvios. La calle Real está llena de vida, con sus bodegas de vino berciano, su panadería, su tienda, sus alojamientos, esas calles tan estrechas por las que apenas cabe una persona. Igual nos encontremos con Alberto Morán, tomar algo con este cura viajero, presentador, cantautor, misionero intermitente. Y pedirle que nos cante Nostalgia. Y nos cuente la historia de su buen amigo Toñín que, jugando al escondite, se metió en un tino de orujo y... “Y ahora que estoy rodeado de amigos, levanto mi copa y brindo por ti”.

En la 6 RTDP Villavieja Camino de Invierno (ya disponible en la web) se hablaba de la relación de Priaranza del Bierzo con Japón. Recordaba que, en septiembre de 2015, una docena de ciudadanos nipones de la Sociedad Hispánica de Yokohama plantaron varios cerezos en la disposición tradicional de los jardines de Japón. La sakura, o cerezo en flor japonés, es uno de los símbolos más conocidos de la cultura japonesa. Pues Molinaseca, ya en 2010, se había adelantado, cuando una delegación del municipio berciano visitó la Ruta de los 88 Templos de la isla de Shikoku que, junto al Camino de Kumano, es una de las rutas de peregrinación más importantes de este país. Un monolito, al principio de la calle Real, recuerda este hecho. Pero el nexo nipón no queda aquí. La acera de la larga travesía Manuel Fraga nos conduce al albergue de San Roque. Aunque no seamos peregrinos (quién no lo es: la vida es un peregrinaje continuo) podremos acceder al jardín. Allí nos espera la diosa Kannon, una representación femenina de Buda tallada en un nogal vivo, Ikiki Jizo, técnica que puede traducirse como “buda en madera viva”. El artista Fumiaki Ogita nos legó esta diosa de la Misericordia, que renunció al Nirvana para ayudar a los demás a alcanzar la iluminación budista.

Sin querer hemos abandonado Molinaseca, un lugar al que volver siempre. En media hora de caminata llegamos a la parada de la línea 3 del SMT de la Urbanización Patricia, donde Gil y Carrasco soñó en que pudo ser la Interamnium Flavium de la que habla el Itinerario de Antonino. Esta idea es hoy descartada, pero el castro Carbajos sí que fue un asentamiento castreño donde hoy se levantan magníficos chalés y lo recorren, arriba y abajo, buenos coches.


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