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  • Luis García Prieto

#21. Villavieja y el Camino de Invierno

Actualizado: 18 feb

El Transporte a la Demanda acude a Villavieja los miércoles y jueves laborables. Sale de Ponferrada sobre las 13 horas, tiempo suficiente para poder hacer esta ruta, la número 6, con ánimo y tranquilidad de poder sentir los muchos atractivos que atesora. El trayecto en sí ya es una delicia, abandonando los arrabales de la ciudad por la avenida de Portugal y avanzando con la vista puesta hacia las viñas de la Dehesa, el Torullón y ese vino del Recunco, con la pirámide que remata la Guiana descollando sobra las lomas. Y es a partir de Santalla cuando la carretera exige más vigor en el que conduce, atento a las cerradas curvas, a los amenazadores camiones de la pizarra que aprovechan esta nacional 536 para sacar las piedras que serán tejados. Podremos disfrutar de una de las visiones más hermosas del novelado castillo, visión fugaz y sobrecogedora, a un kilómetro tras la última casa de Santalla. Al frente, la base del castillo, una mole oscura que se alza al cielo, con las peñas de Ferradillo de telón de fondo; y las construcciones en el sereno equilibrio de la roca, y la Casa Colgada como avanzadilla al abismo de Rioferreiros, que bien conoció el conde de Lemos sabiéndose muerto antes de morir.

La Diputación arregló en el 2021 el tramo de subida final que concluye en la base del castillo, pero aún nos queda un poco más de paciencia. Pediremos, con educación, que nos dejen en la plaza de los Camueses, al final de Villavieja. Un día de tantos, pregunté a un parroquiano el significado de Camueses. Se encogió de hombros. Es nudo de comunicaciones: por la derecha continúa el Camino del Invierno hacia Borrenes. Al frente, entre la espesura del bosque de ribera que alimenta el arroyo de Rioferreiros, asciende el camino que lleva a Ferradillo (una ruta que saldrá a mediados del 2022), mítico paraje de los maquis y los lobos.

Villavieja, protegido por el castillo de Cornatel, es un pueblo apacible, atravesado por el arroyo de Rioferreiros. Cuando un pueblo se llama Villavieja es que, sin discusión, su edad es amplia, teniendo en cuenta que cualquier pueblo del entorno no destaca por ser de asentamiento reciente. Tras la fragua y casa horno, primorosamente restaurados, nos sale al paso la Plaza de los Merayos. Las estadísticas nos hablan, con su frialdad, de que la población ronda los 10 habitantes. Y uno en especial: Víctor Lobato, más conocido como Rixo. Nacido en Narayola, en el Bierzo Bajo, en la Tierra Seca como la llamaban en el pueblo de Villavieja antes de que el pantano de Bárcena y los canales de regadío obraran el milagro de las manzanas y las peras. En Villavieja, Rixo vive y trabaja, que con pasión viene a ser lo mismo. Desde su taller ha extendido su arte por buena parte de la comarca: Ocero, Voces, o en San Juan de Paluezas. En Priaranza del Bierzo, junto a la N-536, está una de las más apreciadas: Templario en posición de guardia. En la Plaza del Concejo de Columbrianos, se asienta La Campesina, una emotiva talla realizada sobre un olmo centenario, muerto por la grafiosis. En San Juan de Paluezas dirigió la obra Aquilianos: Montes de las Águilas. La lista es amplia y su talento mucho.

No muy lejos de su casa, el único albergue del Camino de Invierno en El Bierzo. En abril de 2018 se abrió, en las antiguas escuelas, con capacidad para 16 personas. Que yo sepa, es el único abierto (o casi, que ahora todo está líquido y gaseoso) en este primer tramo de este Camino. Como es habitual, nuestros vecinos gallegos lo han tomado como suyo, aportando dinero y ayuda, mientras aquí siguen siendo el hermano pobre de los trazados jacobeos. Los pasos nos llevan, en descenso, por la calle Cornatel. En un desnivel, una vagoneta repleta de piedras negras que podrían ser carbón. ¿Hubo minas en Villavieja? Algo parecido. Hubo canteras de piedra caliza que por medio de vagonetas la conducían al calero. La iglesia de Santiago, al que festejan el 25 de julio, marca el final del pueblo, o no exactamente como veremos más adelante. A partir de aquí, el Camino del Invierno en sentido contrario. Sin temer aglomeraciones, ni choques o ceder el paso en un cruce.

A medida que nos alejamos, podremos apreciar el estrecho valle que el pertinaz Rioferreiros labra sin descanso, con las peñas de Ferradillo cerrando la magnífica vista. Y podemos imaginar, ayudados por los esquemas de la guía, la traza aproximada de los 3 canales de la vertiente norte de los Aquilianos, el CN-1, el CN-2 y el CN-1 bis, de los que apenas quedan vestigios en su tramo final, casi 2 milenios desde su construcción. Hay que pensar que Las Médulas están a 5 km en línea recta, aunque a los canales aún les quedaban sortear los paredones de piedra y valles cortados por arroyos como el Cabañas o el Isorga.

El amplio camino nos permite la contemplación de una singular estampa del castillo de Cornatel. Gil y Carrasco lo conocía bien. Debió de verlo en un estado agónico, derrotado, y aún así lo convirtió en un lugar cumbre en su novela, la más destacada del Romanticismo español. «El comendador Saldaña lanzó al Conde de Lemos hacia el abismo del arroyo de Rioferreiros. El desgraciado se detuvo en un matorral de encina, pero continuó rodando, hasta que ensangrentado y horriblemente mutilado fue a parar al arroyo.» No es difícil pensar si se recorre ahora -felizmente restaurado- en que alguien, amigo o enemigo, cayera por los 180 metros de caída casi vertical, sin opción a salvar la vida, como el malvado Conde, quizá el menos estereotipado de la obra.

El castillo nos acompañará a la vera izquierda, cada vez más altivo a medida que descendemos, jugando con las sombras creadas por la piedra, con la Petrocóptis Viscosa Rutum agarrada a los salientes y oquedades. Esta planta, única en el mundo, solo crece en las paredes de Cornatel y en la Peña de Voces. Tal vez sea lo inaccesible lo que la ha salvaguardado, en parte, de sus enemigos.

El Camino de Invierno está muy bien señalizado, con los típicos mojones que si pudieran hablar nos advertirían que vamos en sentido contrario. Lo sabemos. Muchos peregrinos, sobre todo en época invernal, lo elegían para evitar las nevadas intensas de O Cebreiro y poder llegar a Santiago de Compostela, temerosos por perder la vida en el empeño. Comienza en Ponferrada, bordea el monte Pajariel, y recorre localidades como Toral de Merayo y Villavieja. Atraviesa Borrenes antes de llegar a Las Médulas para después abandonar la comarca por el Puente de Domingo Flórez, siguiendo el curso del río Sil. 210 km entre El Bierzo y las cuatro provincias gallegas que ya desde los romanos hasta las tropas napoleónicas usaron para sus fines. Confieso que he visto poca gente, nada que ver con el tramo Jacobeo que discurre por Villafranca del Bierzo. Una fría mañana de febrero del 2019, cuando estaba a mitad de bajada desde Villavieja, en una curva, me topé con dos peregrinos. Él de Cádiz y ella de Navarra (le llamaba primo). Me preguntaron si quedaba mucho para Villavieja. No mentí: aún les quedaría un buen trecho muy empinado, acompañados por la estampa agreste del castillo. Estuvimos hablando un rato. Que les gustaba mucho El Bierzo, que la gente era muy amable. Buen Camino. Ultreia.

El calero de Villavieja marca el final del largo descenso. Aquí las vagonetas volcaban la piedra caliza y se le prendía fuego con una capa de leña hasta alcanzar la temperatura adecuada para cocerla. Por unos arcos salía la cal ya preparada para su uso: encalar viviendas e iglesias, y desinfectar las cuadras e iglesias. Aún quedan restos de la cal en estas edificaciones ya abandonadas en los años 60 del pasado siglo. El camino continúa bien señalizado por los bloques con la estilizada concha peregrina. No estará de más demorarnos unos minutos y saludar a la delicada ermita de la Virgen del Carmen de Rioferreiros, la que sobrevivió a la terrible tormenta de 1964. La historia completa en la guía, y en la ruta recientemente aparecida, la 5 RCBP Barrancas y ermita.

Proseguimos. Piedras y muros del vecindario de Rioferreiros, testigo de lo que queda de este barrio de Villavieja. Habitado hasta la década de los setenta del siglo pasado, llegó a contar con 28 casas a mediados del siglo XIX, pasando a formar parte del pueblo de Santalla. Entre viñas y cerezos, aparecen las inconfundibles Barrancas de Santalla, como una muralla de arcilla de un castillo sin historia. Santalla del Bierzo nos saluda con una casa de doble corredor. Quizá su nombre provenga del gallego Santaballa, que deriva de Sancta Olalla, que a su vez deriva de Sancta Eulalia. Encontramos agua para beber en la misma calle Real Señorío, la larga calle de los corredores de madera, las vigas de castaño, la pizarra y la piedra en sus casas tradicionales que engalanan el paseo por estas empinadas calles, un museo de arquitectura berciana. En un apartadero de la N-535 hay un estupendo mirador desde el que contemplar las singulares Barrancas y el Bierzo Bajo. Otra demora obligada para el disfrute. A partir del cementerio, dejamos el Camino de Invierno durante un rato, rodeando la carretera, huyendo de coches y ruidos, desviando la mirada y los pasos hacia el soto de castaños llamado Pantigoso.

Si hablábamos de Rixo unas cuantas líneas más arriba, ahora se nos aparece su obra cumbre: el caballero templario. Puede ser uno de los lugares más fotografiados de El Bierzo. Adusto, recio en su semblante, el templario en posición de guardia protegiendo a quien peregrina al Santo sepulcro, está tallado con símbolos que hay que descifrar. Sobre la talla, realizada en madera de castaño, hay una Luna decreciente y una estrella de David. El 13 y el 31, capicúa y con gran significado simbólico. Un viernes 13 de 1307, numerosos templarios fueron arrestados, torturados y quemados en la hoguera. Y en 1331 el Papa Juan XXII permite a los antiguos caballeros templarios integrarse en otras órdenes militares. Como las grandes obras, permite varias visiones, acepta perspectivas y juegos visuales para el que sabe ver y fotografiar. No sería honesto por mi parte darle todo el mérito a Rixo: más de 15 alumnos trabajaron en él, con una mención especial a Concesa, vecina de Priaranza del Bierzo, por su dedicación. Recuerdo que a principios de mayo de 2021, cuando la nieve de los chopos lo inundaba todo con sus incómodas semillas y sus largos pelos algodonosos, descubrimos a un pequeño ser que nos miraba. En un hueco, a los pies del templario, se resguardaba un pequeño pájaro con aspecto desvalido. Era un joven búho chico, algo normal pues abandonan el nido muy pronto según me comentó un amigo experto en aves.

Dejamos al templario en su posición de guardia para sorpresa de aquellos que aún no le conocen. Priaranza del Bierzo es un pueblo alargado, que parece dejarse caer hacia la ribera del padre Sil, dominio de chopos, alguna huerta, alguna viña. Recorremos la calle Real Urbia con notables casas unas, ruinas las más. Según el filólogo Jesús García García, el nombre de Priaranza podría ser un compuesto grecolatino de Prior y Anthos: el que Primero Florece. El que Primero Florece: no he encontrado muchos topónimos que escondan algo tan poético. Se non è vero, è ben trovato. La iglesia, cómo decirlo sin adjetivos malsonantes, no es la más destacada de la comarca. El ladrillo visto y los huecos en la torre le dan un aspecto desastrado. No sabemos qué pensaría Francisco Prada Carrera (no se pueden tener apellidos más bercianos) cuando regresó en 1948 a su pueblo natal desde Brasil, siendo obispo de la diócesis de Uruaçu. En aquel entonces la iglesia sería más modesta pero más apegada a la tradición. Una humilde placa, ubicada en el atrio, le recuerda. Moriría con 101 años en Uruaçu, quién sabe si recordando el olor de la lumbre, del sabroso botillo en días de fiesta, del frescor del lagar, o de los paseos por el Recunco, a la vera de los salgueiros y castaños.

En Priaranza del Bierzo se puede sacar dinero de un cajero (o eso era hasta hace un suspiro, que el desmantelamiento se ha convertido en un vicio de los poderosos), coger el bus de línea de AUPSA para regresar a Ponferrada, cortarse el pelo, o tomar algo que restañe el cuerpo tras el esfuerzo en el bar de Inés o el Sitio de mi Recreo, una taberna que es más que una taberna. Tareas que parecen de Perogrullo en el siglo XXI pero que son, cada día más, una odisea en ayuntamientos como el de Priaranza del Bierzo. El Paseo del Corro se funde con la avenida de Recunco al término del pueblo, pasado el cementerio. Nada que haga sospechar que entre un mojón del Camino de Invierno y un solitario banco de listones de madera se halla el reposo de trece hombres ajusticiados en la guerra civil, y que es hoy un lugar histórico y con gran significado. El 6 de octubre de 1936, un camión con 15 hombres, se paró a la entrada de Priaranza del Bierzo. 13 fueron asesinados y enterrados allí mismo. Esa fosa común dio lugar a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), un hito nacional y un referente mundial. Una desgastada placa recuerda esta triste historia. «Los niños le llamaban el Paseo del Corro a ese lugar, porque sabían que por allí había unos muertos, debajo de una nogal recrecida, y el miedo les hacía pasar corriendo.» Así retrata Carlos Fidalgo este lugar donde todos sabían lo que se escondía bajo la tierra, pero que hubieron de pasar 64 años para que alguien con el ánimo y la tenacidad suficiente expusiera a la luz de la dignidad sus huesos. La historia recuerda a tantas otras, como a Los Tres de Lombillo (ver la 1 RCBP Los Barrios, ya en la web para su descarga), asesinados 16 días antes que los de Priaranza; con la salvedad que, después de mucho esfuerzo económico y emocional, sus familias siguen buscando sus restos sin éxito.

Y cruzando la larga avenida de Recunco, otra sorpresa: una placa inserta en un mojón del Camino de Invierno, escrita en español y japonés. ¿Japonés? En septiembre de 2015, una docena de ciudadanos nipones de la Sociedad Hispánica de Yokohama plantaron varios cerezos en la disposición tradicional de los jardines de Japón. La sakura, o cerezo en flor japonés, es uno de los símbolos más conocidos de la cultura japonesa. Los Hanami son excursiones en donde las personas se juntan para reflexionar sobre la naturaleza efímera de la vida y la mortalidad contemplando la también efímera flor del cerezo. Tras el mojón, un solitario cerezo crece día a día. A finales de febrero de 2019 andaba yo por estos caminos, admirando el espectáculo de la blanca flor del almendro en una tarde de primavera que parecía adelantarse, en un invierno seco y algo loco que ahora parece ser la norma. Recibí un mensaje en el móvil. Mi mujer me confirmaba lo inevitable: María José, una joven amiga de carácter vitalista y sonrisa franca, había sucumbido a una penosa enfermedad degenerativa. No por esperado fue menos doloroso. Me quedé falto de fuerzas y frío, y eso que hacía un inesperado calor de un febrero atípico. Almendros (que son familia de los cerezos y de ahí su parecido que puede confundirnos) estaban en flor. Me sentí como esos japoneses en los Hanami, reflexionando en solitario acerca de lo perecedero de la vida y el destino que nos aguarda.

La entrada a Villalibre de la Jurisdicción está adornada con nogales, con cerezos, con las viñas que suben en las suaves laderas. Con la iglesia de San Juan Bautista a un lado y la calle Barrio Falcón donde podremos beber de un caño de agua fresca. Villalibre de la Jurisdicción es el último pueblo del municipio de Priaranza que linda con Ponferrada, con casas que han sucumbido a la modernidad de los materiales, con la decadencia propia que nos embarga, con algún destello en forma de corredor pleno de flores, o en la descarnada casona de los Yebra, con uno de los escudos más hermosos y mejor conservados de El Bierzo. La ermita de San Jorge nos desvía hacia el cementerio, por el Tesedillo, sabiendo que nos queda todavía una hora de gozoso paseo hasta Toral de Merayo.

Tal vez el tramo de ascenso ya vaya pesando en las botas, pero no es demasiado largo ni demasiado empinado. Una tarde de finales de junio de 2020 pasé por allí. Era un calurosísimo día, con el sol cayendo como una losa de pizarra ardiente. Dos burros se protegían bajo unos cerezos y en una finca enorme pastaban diez vacas preñadas de la raza Asturiana (eso lo sabría después). En lo alto, las vigilaba un tipo frisando los cuarenta, resguardado del calor bajo un nogal, vestido con un pantalón casi harapiento, sin afeitar. Me observó subir penosamente, quizá preguntándose quién me mandaba andar por allí cuando más apretaba el calor. «¡Qué bien estás ahí!», le dije parándome a su lado. «Prefiero estar aquí que viendo el Sálvame». Entonces entablamos una conversación que se alargó durante una media hora. Hablamos de las vacas limusinas de Ferradillo, parecidas a las que él tenía en su finca cerrada con hilo metálico; de los lobos (muchos) que se movían por esas Peñas con total libertad, como los valientes maquis. Argumentaba que los lobos se habían movido desde La Cabrera tras el incendio de 2017, buscando mejores sitios donde vivir. Que al ganadero de Ferradillo le mataban habitualmente alguna res pero que pasaba de denunciar pues no quería problemas con la Junta de Castilla y León o con el SEPRONA. «¡Continúo, que ya me queda menos para Toral de Merayo!»

Por las laderas de La Dehesa, que mira a Villalibre de la Jurisdicción, cepas centenarias de mencía de donde sale buen vino, alguno con aromas del Recunco. Y al otro lado, en el flanco este de El Torullón, las vides observan la rica Vega de Rimor y a Toral de Merayo. Bajando por El Torullón se viene a la mente aquella tonada de «Bodegas de Toral / del vino hace lagar / Dichoso de aquel / que las pueda disfrutar (...)». Entre almendros, llegamos al ancho camino que conecta con Rimor y la carretera. Lo que queda de la ermita de San Salvador es hoy una atalaya situada en un extraordinario paraje desde el que contemplar Toral de Merayo y los Aquilianos. Los que saben de esto aseguran que se asientan sobre unos restos tardorromanos del siglo IV, en los umbrales del cristianismo. De estilo mozárabe, fue levantada en el siglo X y recuerda a la famosa iglesia de Santiago de Peñalba. Ahí es nada, aunque la imaginación ha de suplir a lo poco que resta.

Entramos en Toral de Merayo por el Camino del Barro, callejeando entre chalés y casas que se van salvando del mal gusto, hasta la plaza del Nogaledo, última parada del SMT, un magnífico lugar donde tomar algo, comprar en supermercado esperando tranquilamente que el bus blanco y azul (ese guiño a la Ponferradina) llegue a su hora.

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