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#100 SANTIAGO, PRISCILIANO Y EL CADÁVER EQUIVOCADO.

  • Foto del escritor: Luis García Prieto
    Luis García Prieto
  • 24 jul
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 31 jul

La Historia es una ficción con apuntes de realidad. Tal es el caso del cuerpo que duerme —con los huesos descarnados— bajo el oro barroco del altar mayor de la catedral de Compostela. El dogma lo llama Santiago el Mayor, hijo del trueno, pescador de Galilea, evangelizador de Hispania: según la tradición, en Iria Flavia predicó por primera vez. Degollado en Jerusalén en tiempos de Herodes Agripa y, tras un viaje milagroso en barca de piedra, enterrado mirando a Finisterre. Dicen que amarraron la barca a un pedrón, y de ahí el topónimo actual de Padrón.

Pero lo cierto es que, bajo capas de incienso, hagiografía y renglones torcidos, late otra historia más turbia y, quizá por eso, más verdadera: la del hereje Prisciliano, el obispo berciano —de Cacabelos para más señas, y el que disienta que hable con Álvaro Núñez García— que incomodó a Roma y que, a falta de candidatos más solventes que él, podría ser el verdadero inquilino del templo compostelano.


SANTIAGO EL AUSENTE

Teodomiro, obispo de Iria Flavia, en el siglo IX, en pleno sueño visigótico, recibió la revelación de que en una antigua necrópolis romana yacía el mismísimo apóstol Santiago. La providencia ayudando en tiempos en que la cristiandad necesitaba mitos fundacionales frente al empuje islámico. Compostela se convirtió así en la nueva Jerusalén del Occidente cristiano. Pero, ¿quién era en realidad el cuerpo hallado en el bosque de Libredón? El perspicaz Teodomiro pudo convencer a su rebaño de que aquellos huesos eran de un santo. Ya de por sí esto parece un milagro. Santiago el Mayor, Santiago hijo de Zebedeo, Jacobo y Sant Iago. Santiago Peregrino, Santiago el de Compostela y Santiago Caballero. Santiago Matamoros y caballero celestial.


PRISCILIANO DEL BIERZO

En aquella época, el Bierzo no era León, ni Castilla, ni Galicia. Era Gallaecia. Y por tanto, tierra natal más que probable para un Prisciliano campesino, asceta, de verbo afilado. Según Núñez García, su partida de bautismo debería decir Cacabelos. Razones no le faltan, aunque no es tiempo ahora de desgranarlas. No muy lejos de Castro Ventosa, de ese Cúa de nieblas, se levanta la iglesia de Santiago de Villafranca del Bierzo, al borde del Camino y a las puertas de Galicia, que guarda aún un privilegio ancestral: el jubileo para los que, enfermos o agotados, no pueden llegar a Compostela. La Puerta del Perdón se abre sólo en Año Santo, como un umbral simbólico que sugiere que lo sagrado no está sólo donde lo dicen los mapas de Roma.

¿No es sospechoso, incluso poético, que el Camino de Santiago pase por Villafranca, donde el Bierzo ofrece una última hospitalidad antes de los montes gallegos? ¿No parece un guiño de la historia, una pista dejada por quienes sabían más de lo que contaron? Quizá no haya contradicción, sino sincretismo: Santiago y Prisciliano fundidos en una sola figura, como sucede tantas veces en las mitologías híbridas. Ambos decapitados, uno en Oriente y otro en Occidente, unidos por la espada de la ley y el polvo del camino, apóstol y hereje, una dualidad universal.

Marcelino Menéndez y Pelayo, alma páter de la ortodoxia cultural española, dejó dicho que “el priscilianismo fue la herejía más española de todas las herejías”, y no le faltaba razón. Nacido en el siglo IV, en los arrabales del Imperio, Prisciliano predicaba la pobreza evangélica, el ascetismo, la iluminación interior. Las mujeres participaban activamente en la vida religiosa y tenían permitido escribir. Egeria —otra berciana con Abadengo en Manzanedo de Valdueza, autora del Itinerarium ad Loca Santa— y otras mujeres de la aristocracia hispana y aquitana, fueron seguidoras de Prisciliano. Un movimiento que valoraba la espiritualidad individual y rechazaba el materialismo, lo que chocaba con la Iglesia de la época, que veía con recelo la participación femenina en asuntos religiosos. La iglesia ya apuntaba maneras. No es de extrañar que su cabeza rodara por el suelo años después para regocijo de muchos.

Su mensaje prendió en la Gallaecia romana como el fuego en un toxo. Era un hombre incómodo. No para el pueblo, que lo seguía con fervor, sino para la jerarquía, que lo veía como un cáncer. A ninguno de sus enemigos le preocupaba la herejía, sino el hereje. Al carecer de ideas, las ideas no les asustan, pero temen el ejemplo. Fue juzgado y decapitado en Tréveris en el año 385, convirtiéndose así en el primer cristiano ejecutado por otros cristianos por motivos doctrinales, un doloroso honor que debería estar esculpido en piedra.

Como en el caso de Santiago, el cadáver de Prisciliano volvió a Galicia, a la Gallaecia. Sus seguidores, según la tradición más marginal, lo trajeron de vuelta para enterrarlo en su tierra, en algún punto indeterminado de la costa occidental. Y ahí, en esa tumba perdida, reposaría el verdadero mártir galaico, confundido —o suplantado— siglos después por otro más prestigioso en la bolsa teológica de la Reconquista, el Santiago Matamoros que apareció montado en un caballo blanco en la batalla de Clavijo, liderando a los cristianos a la victoria contra el musulmán.

¿Y si Compostela fuera, en realidad, un mausoleo con la etiqueta equivocada? ¿Y si bajo el botafumeiro no danzara el espíritu del apóstol, sino el del disidente? La idea no es descabellada por heterodoxa. La Iglesia no lo dirá jamás, claro. Pero la sospecha, como el incienso, lo impregna todo.

En el fondo, la historia de España es un palimpsesto de supersticiones, herejías, santos inventados, y cadáveres equívocos. La verdad duerme bajo capas de mentira, o de fe, que viene a ser lo mismo. Y en Compostela, quizás, no reposa el que encalló en Iria Flavia, sino el que volvió por tierra. Prisciliano, el berciano. El que dijo que el Reino de Dios no está en Roma, sino en cada ser humano. El verdadero patrón de una tierra que siempre desconfió del poder, incluso cuando vino en nombre de Dios.


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