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  • Luis García Prieto

#5 Folibar: 2 RCBP

Actualizado: 26 ago 2021

De nuevo la línea 5, la que viene desde el llano, de Fuentesnuevas, de la tierra seca (que decían en el pasado siglo, antes de la construcción del pantano de Bárcena) y que asciende poco a poco hasta San Lorenzo. Entre un punto y otro de la línea, un edificio de 22 plantas que casi casi le sostendría la mirada a la Torre de la Rosaleda. Penúltima parada en la carretera de Sanabria a la que habría que cambiar el nombre. Carretera del Campo de las Danzas, nombre más evocador y certero, que ahí muere. Sanabria queda muy lejos de aquí y nadie tiene interés en llegar por los Aquilianos.

No debemos pasar de largo por la casa de los Flórez, con sus tres escudos, algo inusual pues lo común en las casonas de la comarca es tener uno. El que da a la calle Lombano es un compendio de heráldica en piedra. Las vides nos acompañan en el ascenso y, si es temporada, los cerezos alegrarán nuestro paso con sus flores blancas o el fruto de temporada con su marca de garantía. En el punto más alto, el amplio cruce que un día fue camino de maragatos, ramal del camino jacobeo o unión entre valles milenario. Habremos de estar un poco atentos en la bajada, el ramal a la ermita de Folibar parece esquivarnos en el trote alegre del descenso. Un pequeño esfuerzo y la ermita aparece entre la maleza. Son las ruinas de algo que no parece ser lo que nos dicen que es. Más parece una fortificación, una torre defensiva en ese encuentro de caminos que un día se transmutó en ermita, donde habitaba una virgen gótica, la de Folibar o Fontebar o Fuenlobar, hasta que alguien se la llevó a San Esteban de Valdueza quitándola de la mente de los expoliadores. Tiene algo evocador este paraje, donde se reunían los vecinos para decidir el gobierno de aquel ayuntamiento de San Esteban de Valdueza que claudicó el siglo pasado, aunque sus dominios pertenecen a la jurisdicción de Valdefrancos. La maleza es obstinada, y el hilo que la rodea habla del ganado que se mueve entre el cerro de los Picos y la Fontanica, dos puntos en este anfiteatro. Volver al camino es fácil. Aparece en la vega del Oza un edificio sorprendente, como un pequeño monasterio. Es la granja de Santullano, junto al despoblado del mismo nombre del que aseguran que queda algún resto entre la feraz vegetación. Propiedad del tan nombrado monasterio de Montes de Valdueza, por 500 mil euros puede ser tuyo. Revivir la vida monástica del trabajo sin olvidar el rezo, que para eso dispone de capilla y buen terreno para sacar un rendimiento acorde al esfuerzo. Francisco González González escribió una terrible historia, tan dolorosa como reconocible hoy. En 1588, el hidalgo Diego Yebra Pimentel violó a Madalena Ares, hija de Juan Ares, vecino de Santullano. Le ayudó Juana Buisana que, por cuatro reales, dejó abierta la puerta de la infeliz. Ahorramos aquí los escabrosos detalles. Los malvados nacen en cualquier siglo y repiten la estrategia.

El Nogaledo sonríe al caminante: entramos en San Esteban de Valdueza. La espléndida casa de José Merayo sería un buen lugar para descansar y solazarse. Nos conformaremos con tomar algo en su restaurante. Un castaño de indias, como el de un fielato, guarda la entrada a la calle Real, un trampantojo de buen porte: no es castaño y sus frutos son tóxicos. Pareciera el lado oscuro de nuestros amables castanea sativa. El que esto escribe, en su ignorancia (que abunda más en el universo que la sabiduría), hace años tomó una del suelo, la abrió y comió un trozo. El desagradable sabor permaneció horas en el paladar, nada como experimentar, si no lo pruebo no lo creo.

Casonas, como la de los Fierro, nos recuerda al esplendor de Los Barrios. O la de los Ron, con su escudo con 10 estacas, diez, donde habitó don Diego de Valcarce junto con su esposa, nacida en Molinaseca. Tras el cementerio, el río Oza será fiel compañero, el húmedo guía del paso tras paso. Y luego la lepra, lepra, que resuena como enfermedad lejana y desasosegante. Junto al Puente de San Lázaro se levantaba un hospital y una ermita que hasta el 1830 mantuvo sus muros, con ermitaño incluido, que limpiaba y ofrecía ayuda a los que fueran a orar, ese era el grueso del contrato. El puente, de probable origen romano pero traza medieval, sigue en pie, con los pretiles desdentados, orgulloso por haber enfrentado al fiero Oza en sus terribles avenidas que se llevaron a pueblos, huertas e iglesias, haciendo bueno aquello de que no hay enemigo pequeño. De los molinos de Agadán quedan más leyendas y bienintencionadas palabras que muros en pie. Batanes que trabajaban la lana. Y una pequeña anécdota que dice mucho del amor que Gil y Carrasco le profesaba a la Valdueza. Cuenta el propio Gil que estando en las riberas alemanas del Rhin recordó a otro valle, a miles de kilómetros, el de su querido Agadán. No seré yo el que le enmiende la plana al genial berciano: si él veía paralelos verdores y bellezas entre el angosto valle desde la atalaya de Rheinfels y el Agadán de las brujas del Campo de las Danzas, por mí ¡bravo Enrique!

Como pasa en muchos edificios, la fachada trasera del monte Pajariel aparece más desnuda de vegetación, escondida a los ojos, como los arquitectos perezosos que la dibujan con desgana tras echar el resto en la fachada. Encinas aquí y allá, algún castaño y batallones de pinos oteando el horizonte. El trayecto tiende a su final. Por vez primera cruzamos el río Oza por un rácano puente, pareciera que hecho para dejarse llevar en la próxima avenida sin ofrecer demasiada resistencia. Al poco, la enorme tubería del Canal de Cornatel. El Bierzo ha sido pródigo en riquezas escondidas bajo tierra. Y ha sido el agua el motivo final de tanto desvelo en el carbón. Sin agua que calentar, ningún carbón hubiera servido. Sin agua de los Aquilianos, Plinio el Viejo se hubiera quedado sin trabajo ni magosto ni Ondina Caricea. Este agua mueve un mecanismo junto al lago de Carucedo para generar la chispa del progreso, ese que se nos escapa de las manos, como el agua...

En Toral de Merayo nos aguarda la parada del SMT. La línea 2 y la 1, según los días de la semana. Plaza del Nogaledo, bajo el imponente castro, un asentamiento milenario. En Toral de Merayo podemos esperar tranquilos la llegada de los buses blancos y azules. Tenemos tres bares, un restaurante y una pastelería; y hasta un supermercado y dos casas de turismo rural. En caso de necesidad, el pueblo de Toral de Merayo provee.


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