#124 / CASTRO DE VALDEFRANCOS
- Luis García Prieto
- 20 jun
- 3 min de lectura
Actualizado: hace 2 días
Tres mil años, centena arriba y centena abajo. Tres mil años en los que esta humilde elevación ha visto pasar generaciones, nevadas, enfrentamientos fraternales, el llanto de los recién nacidos, hambrunas, osos cabreados y un destacamento militar romano que les sugirió —espada en mano— que se bajaran al valle.
Castro Castrillo podría llamarse. El arqueólogo que anotó en su cuaderno los datos de este yacimiento no debió de encontrar nombre mejor; y los más viejos del lugar tampoco sabrían de su historia, ni quién fue el último en abandonarlo. En el Catálogo y Normativa Arqueológica, Tomo II del Ayuntamiento de Ponferrada figura escuetamente como Castro. Yacimiento en el núcleo de Valdefrancos. Y punto en boca. Demasiado genérico, casi seco, como los niños de la inclusa a quienes apellidan Blanco o Expósito. Como llamar a una marca de agua simplemente Agua.
Así, con la libertad que da ser lego en la materia, yo lo bautizo Castrillo: el nombre del arroyo que desciende por su lado este formando un valle algo angosto donde ahora pastan vacas de raza rubia gallega, o limusina, que las dos dan buena carne. Es cierto que lo flanquea otro arroyo, el Carrozo (que la gente de Valdefrancos lo conoce como Chanillo), al oeste, al que han tenido que someter y encauzar para que no arrase la filigrana de los muros de contención en ladera que sustentan las viñas —suponemos que de godello— que los nuevos dueños de la Granja de Santullano cultivaron para abastecer sus restaurantes. Además, Carrozo es palabra más dura, como el corazón de la mazorca de maíz, el eje leñoso que queda tras desgranarla. Por si fuera poco, llamar a alguien «carrozo» implica que es tosco o poco aprovechable.
Es Castrillo un castro apenas visible, vedado a ojos que no saben ver. La carretera que une San Esteban de Valdueza con Valdefrancos pasa por su base, aunque nada notorio lo señala, ni una sola indicación hace que alcemos la mirada. Una pequeña construcción se alza allí, tal vez aprovechando alguna piedra que un día fue parapeto de gentes muy diferentes pero muy iguales a las de hoy. Un camino empinado conduce a la vaguada que servía de freno a los malos vecinos que vinieran por el norte.
Paradójicamente, la mejor manera de llegar a él es a través del soto de Villar, que asciende al Camino de los Maragatos. De esa vía más antigua que los más viejos recuerdos de los arrieros —más antigua que los escritos mismos— desciende un ramal que ofrece una preciosa vista panorámica, y que va encontrarse con la Cuesta de San Bartolo, que discurre casi paralela. Como si el castro quisiera ocultarse de quien lo busca de frente y revelarse solo a quien llega por detrás.
Al bajar, con el cauce del Castrillo a la izquierda, la silueta del castro se ofrece como un sombrero chato que mira a los Aquilianos. Un oyente eterno del rumor del Oza, que aun en la lejanía deja sentir su escandalera.
Algo ocurre cuando nos situamos en un lugar con semejante peso histórico. Una sensación de paz, un eco antiguo que no por tenue deja de manifestarse en las sienes, en los poros. Una senda conduce al corazón del recinto, donde debían de levantarse las construcciones, las viviendas castreñas que derivaron en pallozas. Nada queda, salvo piedras careadas dispuestas en su lado este. De pie entre las jaras y alguna encina, se contempla el mismo paisaje que sus habitantes veían cada mañana.
No es el castro Castrillo un punto de referencia aislado, una polis castreña cualquiera. Algo tiene esta porción de tierra fértil. Desde su lado norte se alcanza el ya citado Camino de los Maragatos, que antes sería suevo, y romano, astur, susarro; que antes fue autopista de comunidades humanas sin nombre: trazas de esas vías que parecen imitar al sol en su camino de este a oeste. Ultreia et Suseia.
A sus pies corre el Oza, que baña la Granja de Santullano —afortunado apéndice del monasterio de Montes de Valdueza— donde ahora se han retomado las huertas. Las laderas del arroyo del Carrozo forman un anfiteatro donde se trabaja la tierra entre jóvenes vides, con mulos. Desde el castro se divisa la torre de lo que fue la iglesia de Folibar, levantada sobre los cimientos de un templo romano dedicado a Marte y Diana, o eso afirman quienes más saben y más yerran. Torre que, antes de un necesario y reciente arreglo, parecía de castillo, rodeada de cañas y a la espera del desplome definitivo. ¿Y qué es una iglesia, si no una fortaleza del espíritu con su señor en el trono?
En la ladera izquierda del arroyo de Castrillo, cuyo nombre guarda también el recuerdo de cuando lo llamaban San Cosme, hubo un asentamiento de gentes que debieron de renegar de Valdefrancos, a tiro de piedra, o de San Esteban, a un tercio de legua.
Lo mejor, siempre, es ir.





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