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#109 NAIPES DIVINOS

  • Foto del escritor: Luis García Prieto
    Luis García Prieto
  • hace 6 horas
  • 4 Min. de lectura

Cacabelos es la villa situada a menor altitud del Bierzo Bajo. Una afirmación discutible si se acude estrictamente a la desangelada topografía: Toral de los Vados o Carracedelo ostentan tal honor medido en cotas. Pero ni una ni otra cargan con el mismo peso histórico. Así que la sentencia, aunque poética, no va tan desencaminada. Entonces, sí, me permito este atrevimiento: Cacabelos hunde sus cimientos en el sustrato más antiguo del Bierzo, casi tocando la plataforma primordial que antaño fue mar interior. Tan cerca está de ese suelo telúrico —ese océano fósil que se retiró mucho antes de que los dinosaurios fueran carbón— que uno diría que algo se filtra: un rumor antiguo, una energía singular, una memoria profunda. Tal vez por eso aquí el tiempo no transcurre igual y la historia, en vez de pasar, parece permanecer.

De esa tierra surgieron —según la luminosa lectura del historiador Aniceto Núñez García— figuras de primer orden que la tradición oficial apenas asocia a este lugar, pero que bien podrían haberlo habitado en espíritu. Prisciliano, el hereje de la Gallaecia que algunos quieren ver como el verdadero Santiago; Egeria, la viajera incansable que cruzó desiertos y montañas hasta subir a pie el Sinaí; y dos futuros emperadores romanos, Teodosio y Magno Máximo, cuyas trayectorias acabarían enfrentadas por el control de Italia. Todos ellos, escribe Núñez, compartieron infancia en un mismo paisaje: el del Cúa, el Castro Ventosa, la Guiana. Un Bierzo ancestral y glorioso.

“Egeria, Teodosio, Prisciliano y Máximo se bañaron en el río Cúa; contemplaron, extasiados y tumbados en la hierba amarillenta del otoño, la Aquiana cubierta por las primeras nieves; subieron, entre viñas, al Castro Ventosa...”

Puede que la historia los separase, incluso los enfrentase, pero la imaginación —que también es una forma de memoria— los ha vuelto a reunir. Cacabelos fue su casa. Castro Ventosa. Así deberá quedar, al menos para quien sepa mirar con otros ojos.


EL RETABLO IMPOSIBLE

El peregrino del Camino de Santiago, al cruzar el río Cúa, se detiene frente al Santuario de la Virgen de las Angustias. Suele ser un alto discreto: un rezo, una foto, un suspiro. Pocos saben que dentro se esconde un secreto visual, una anomalía iconográfica que bien podría ser única en el mundo cristiano: un retablo que representa a San Antonio de Padua jugando a las cartas con el Niño Jesús.

No es una escena piadosa al uso. No hay éxtasis místico. Hay naipes, hay juego. A primera vista puede parecer simpática, incluso entrañable. Pero basta con detenerse —con solo mirar— para que la imagen desmonte su apariencia doméstica y revele una carga simbólica poderosa. Es una grieta. Un guiño. Un acertijo.


UNA PARADA EN 1912

El 17 de abril de 1912, dos días después de que el Titanic desapareciera en el Atlántico, otro evento celeste concentró la atención de algunos sabios: un eclipse solar cruzaba la península. Entre los científicos que acudieron a Cacabelos para observarlo estaba Mario Roso de Luna, astrónomo, teósofo y escritor singular, defensor de un cristianismo esotérico, cautivado por Helena Blavatsky. Aquel eclipse sirvió de telón de fondo para sus investigaciones simbólicas en la zona. Para Roso de Luna, nada era casual: ni la elección del lugar, ni la escena del retablo.

Más tarde, Fernando Sánchez Dragó —heredero de esa mirada mágica sobre lo español— se haría eco de este episodio. En una de las ediciones del Gárgoris y Habidis, utilizó precisamente esta imagen del Niño jugando como portada. No era un capricho estético: era una declaración simbólica. La escena de Cacabelos, escribía, sintetizaba todo lo que había querido decir sobre España:

“Lo verdadero no se grita. Se susurra.”

EL JUEGO COMO RITO

En la tradición esotérica, el juego nunca es banal. Dados, cartas, tableros... son, desde la Antigüedad, herramientas de diálogo con lo invisible. El Tarot, la Cábala, los misterios órficos o el I Ching han sido usados para leer lo oculto, para intuir lo sagrado.

Desde esa perspectiva, el retablo no muestra un pasatiempo celestial. San Antonio no está matando el tiempo con el Niño Jesús: está participando en un rito iniciático. El santo interroga, el Niño responde. Pero no con palabras: con símbolos. Con una carta que entrega, con otra que retira. En algunas interpretaciones, los naipes representados —un cinco de oros y un cuatro de copas— aluden a los dos grandes caminos de la sabiduría y la pasión, del conocimiento y la emoción. El arcano como revelación. El juego como teología secreta.


UN CRISTIANISMO VELADO

Roso de Luna lo intuyó: los santos no eran simples modelos de virtud, sino arquetipos vivientes, cargados de símbolos antiguos. San Antonio, en este retablo, encarna al buscador. Al iniciado. Al que juega con Dios no por irreverencia, sino por confianza. Una confianza antigua, libre de solemnidad impostada.

Aquí no hay dogma: hay juego. No hay jerarquía: hay complicidad. La escena no escandaliza si uno recuerda que el propio Heráclito escribió:

“El tiempo es un niño que juega a los dados.”

UNA EXCEPCIÓN QUE VIAJA

No hay en el cristianismo tradicional otra imagen como la de San Antonio jugando a las cartas con el Niño Jesús, que se venera en el Santuario de las Angustias de Cacabelos. Frente a las representaciones habituales —abrazos, custodia, enseñanza— aquí hay juego, desafío y símbolo.

 

Una réplica fue tallada —sobre el 2022— en Postrervalle, un pueblo de los valles de Santa Cruz (Bolivia), dentro de un centro educativo salesiano. Jóvenes del ámbito rural la realizaron como parte de su formación en ebanistería y arte sacro, dentro del proyecto solidario Operación Mato Grosso.

 

La iniciativa surgió del vínculo entre Cacabelos y la comunidad boliviana, gestionada desde hace años por una familia italiana. Según M.ª Luisa Garnelo, promotora del proyecto, la imagen no se reproduce como canon devocional, sino como un símbolo de espiritualidad creativa.

 

LO QUE SE ESCONDE A LA VISTA

Este retablo no está en una catedral famosa. No lo exhibe un museo. Se encuentra en un santuario modesto, de un pueblo berciano que guarda su secreto como quien guarda una baraja antigua, marcada con signos invisibles. Apenas nadie lo anuncia. Apenas nadie lo explica. Está ahí para quien sepa ver. Como todos los misterios verdaderos.

San Antonio, patrón de las cosas perdidas, parece recordárnoslo: a veces lo más divino se encuentra en una mano de cartas.

Y a veces, sí, Dios también juega.


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