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  • Luis García Prieto

#4 1 RTDP La primera

Tampoco podía ser otra: la primera Rutas Transporte a la Demanda Ponferrada (RTDP) tenía que partir de Peñalba de Santiago. Para caminantes medios, de los que no saben deletrear trecking ni miran el paso por kilómetro ni el perfil de la ruta cada poco (yo levanto la mano sin pudor) volver desde Peñalba de Santiago puede parecer una tarea demasiado esforzada. A las piernas las mueve la cabeza, y un paso tras otro, una vallina tras otra, se vislumbra la meta. El trayecto hasta el caserío más bonito de España es ya fascinante. Los miércoles y sábados de mañana, el Transporte a la Demanda (TD) recorre lo que yo denomino la Autopista de la Tebaida, la carretera que muchos rehúyen. No así los esforzados conductores del TD -ellos y ellas- que se conocen cada giro y estrechez del trayecto, los apartaderos, y que hacen de la marcha atrás un arte.

Las fuertes rampas que nos elevan a los cielos rayados por la roca, casi casi las mismas que vería Genadio cuando a lomos de bestia o con vigoroso paso, iba en pos de un sosiego y silencio que no fue tal. El vértigo primero de las curvas lo calman los sotos de castaños, el juego de luz entreverado donde el Oza pone la banda sonora, el hilo musical de la Tebaida Berciana. El vehículo avanza, se acerca tal vez a Montes a dejar a alguien, para luego volver al asfalto, a los quitamiedos y a la curva donde el Corón, de vez en cuando, decide recordar a la lejana Diputación que él es el que manda. En Peñalba se respira de otra manera, dan ganas de pasear largo rato, comer o dormitar en un banco de madera, y oír misa en la iglesia más fotogénica del noroeste. Pero no hemos venido a eso, hemos bajado del TD, saludado al conductor, desearle suerte en la bajada, y encaminarnos al Carballal. En Peñalba casi siempre hay alguien subiendo o bajando de la cueva del santo Genadio. Pero a partir del desvío del canal romano CN-2 solo hay castaños, robles y un cielo que se abre. En el ascenso al Chano Collado recordamos el paisaje grave y ascético de las líneas de Gil y Carrasco. En ese punto medio, a casi 1.300 metros de altitud, todavía se ve el manto de destrucción del incendio del 2017. El Carballal, como el lomo de un gigante dormido, vuelve a cubrirse de ese roble carballo, sujetando las laderas y atrapando la humedad. El descenso al valle de San Ciprián no es cualquiera cosa. La gravedad es obstinada y, aunque nos embelese la visión de Montes de Valdueza, debemos extremar la precaución. Llegados al pueblo con el monasterio más agreste de la comarca, la taberna de Sara nos invita a meditar en su terraza con vistas al Soto, cambiante con las estaciones, saboreando unos huevos con chorizo y patatas fritas y una copa de vino berciano. Valerio ya le encontraba un parecido al Edén, un lugar esplendoroso de luz y de sol, ameno y fecundo. Nos hubiera caído bien Valerio, un tipo fascinado por Egeria, la berciana más viajera, una mujer valiente que tuvo tratos con Teodosio I y con Prisciliano, pero eso es otra historia. La entrada al monasterio debería ser obligada, aunque ya solo por recorrer su perímetro merece la pena haber llegado hasta allí. No somos turistas, somos caminantes que miden el tiempo por la sombra que se proyecta de las montañas. A partir de allí, el canal romano más bajo, el CN-1, que proviene de Peñalba. Probablemente, Genadio y sus acólitos lo vieron llevar agua sin entender adónde la llevaba o el uso que tendría. O sí. Tendemos a pensar que los antiguos eran menos listos que los menos listos de ahora. Craso error. Ese agua “aquiliana” vendría muy bien para las huertas y la sed, recogiendo regueros, regatos y arroyos. Como el tiempo, el agua es oro, bien lo sabían Plinio y sus empleados. El canal aún guarda cierta prestancia, sobre todo en las curvas, donde se ensancha para que el agua bajara la velocidad y no rebasara la piedra y se perdiera por la ladera y acelerara el desgaste del canal. Bajando por La Ramosa hacia la carretera pisamos las mismas piedras de aquellos que crearon el canal, entendiendo el esfuerzo supremo de hombres y animales. Al poco San Clemente de Valdueza, y otro poco más, un poco más, Valdefrancos. Quizá ahí, bebiendo en la fuente, observando el recio crucero de piedra, nos sentemos a charlar con Olga, o con Josefa, en el banco a la sombra de la iglesia de San Bartolomé. No será delito ni derrota el pensar en llamar a un taxi, sopesando cada pierna. No mucho más de 15 euros para que nos devuelva a la ciudad. Pero si decidimos continuar, San Esteban de Valdueza también ofrece su Nogaledo y su calle Real y un restaurante donde restañar el ánimo. Con un penúltimo esfuerzo llegaremos a San Lorenzo, la línea 5, y si el paso aún está vivo, al Puente Boeza donde tomar el mismo bus urbano pero con más frecuencias. No habrá sido una ruta fácil, nada que pueda ser recordado lo es. Las imágenes quedarán, indelebles, por siempre.

Tierra de Dioses, los santos sabían elegir.





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