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#131 / CASTRO DE VILLAR

Foto del escritor: Luis García Prieto
Luis García Prieto
hace 2 horas
2 min de lectura

La Corona. Así lo llaman, y el nombre, por una vez, no necesita arqueólogo que lo justifique ni lego que lo rebautice. Se impone solo, con la naturalidad de las cosas que llevan tanto tiempo siendo lo que son que ya no recuerdan haber sido otra cosa. Un cerro que domina el pueblo de Villar de los Barrios entre los arroyos de Valdelapuente y Valdemunillo, con la cima aplanada y una planta alargada, casi triangular, que se adapta al terreno en forma de espolón. Grande, visible, coronado. El nombre le viene bien.

Prueba suficiente de que el lugar estuvo habitado desde la Edad del Hierro I hasta la época romana: un arco de ocupación que abarca más de mil años y que convierte a la Corona en uno de los enclaves de mayor continuidad de cuantos se tratan en esta serie. El asentamiento estaba protegido por una zanja defensiva y un parapeto en la parte sureste, y aún hoy pueden apreciarse esa zanja y un muro de piedra que rodea el recinto, aunque se desconoce si es original o posterior. Se accede por un camino que sube desde el norte hasta la zanja del este, el mismo gesto de ascenso que repiten, con variaciones mínimas, todos los castros del entorno.

Entre los años 1970 y 1980, Adelino Yebra reunió una colección que llegó a funcionar como algo parecido a un pequeño museo. Entre los objetos, de diversa procedencia, había monedas romanas y fragmentos de molinos manuales de granito procedentes del castro de Villar. No era el Louvre, pero era algo.

Hay algo que llama la atención al considerar estos cuatro enclaves en conjunto. Salvo en el caso de Valdefrancos, la población ha permanecido estrechamente vinculada a su castro a lo largo de los siglos. Como si algo en ese territorio siguiera ejerciendo una atracción difícil de nombrar, una especie de gravedad antigua que mantiene a los vivos cerca de donde los muertos levantaron sus primeras paredes. Casi tres mil años de ocupación continua o intermitente en el entorno. No es poco. No es casualidad.

Y sin embargo, en algún momento sus habitantes emprendieron el camino contrario al esperado. Los castros se sitúan en cotas elevadas, entre los setecientos y los ochocientos metros, mientras que las zonas fluviales están en torno a los quinientos. Subir era lo lógico, lo defensivo, lo estratégico. Y aun así, un día bajaron. Ese gesto —el descenso voluntario hacia lo bajo y lo fértil— tiene algo que va más allá de lo práctico.

En Villar de los Barrios, la Corona comparte protagonismo en una localidad que tiene mucho que ofrecer. El soto de castaños recuperado, las casonas bercianas con sus blasones presidiendo las fachadas, esa arquitectura que lleva el apellido grabado en piedra. El castro, en ese contexto, corre el riesgo de quedar eclipsado, de pasar a segundo plano frente a lo que resulta más evidente y más fácil de ver. Algo conocido en esta serie.

Pero ahí está, en lo alto, con su nombre puesto desde siempre. La Corona. Mirando.





 
 
 

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