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  • Luis García Prieto

#16. Las barrancas de Santalla

La línea 1 del SMT, en su largo tramo final hacia el oeste por la avenida de Portugal, atraviesa un damero irregular de casas, chalés, huertas y chopos que se extienden sus dominios hasta Villadepalos. Tras el barrio de Flores del Sil (¡qué evocador nombre!) surge La Martina. Y después Dehesas. Si nos situamos en el asiento de la izquierda podremos ver Santalla del Bierzo encaramado en un precipicio de arcilla roja. Y por encima, majestuoso, el castillo de Cornatel. ¿Cuántas líneas de bus urbano regalan, con la compra del billete, tales vistas? Bajamos en la última parada, en el pueblo de Villaverde de la Abadía, municipio de Carracedelo. Su estructura es anárquica y pareciera que no existe más que para sus habitantes, sin unos límites definidos. La escritora Helena Tur ambienta su novela Malasangre en Villaverde de la Abadía, adonde llega la protagonista para trabajar. Romasanta (el famoso licántropo gallego), cuatro niñas asesinadas, el río Sil y Las Médulas forman parte del apasionante argumento. Casi nada, la inmortalidad en letra de imprenta, un regalo para un pueblo tan modesto que debería ir pensando en nombrarla Hija Predilecta o algo parecido.

A partir de un horno de pan recuperado, el ancho camino atraviesa otros caminos en una llanura aluvial, los dominios del Sil que si no fuera por el pantano volvería a inundarlo cada año. Ahora es fábrica de chopos, infierno de alérgicos y hectáreas de pera conferencia, Marca de Garantía desde 2012. No sería extraño pasar y oler a chopo recién cortado, un aroma dulzón y agradable.

La primera sorpresa, el puente colgante de Villaverde de la Abadía (hay otros dos más, aguas abajo: en Villadepalos y en Valiña). He visto a caminantes que lo miran con recelo, y que en su bamboleo anticipan el desastre agarrados al acero. Es seguro, nada que ver con aquel que, en los años 50 había, el doble de largo. Una terrible riada lo echó abajo, llevándose de paso la vida de varios jóvenes de la cercana San Juan de Paluezas, que murieron ahogados. Antes de la construcción del embalse de Bárcena, el Sil no era el domesticado río que hoy se contempla. Riadas y aguas tumultuosas suponían un continuo reto para conectar ambas orillas. Ventura Álvarez es recordado como uno de los cuatro vecinos que, a pico y pala, lo levantaron en 1976. Usaron la madera de los chopos para las tablas y la grava del río para hacer cemento. Los cables de acero vinieron de una acería de Bilbao. El método de construcción era penoso pero efectivo: pasaban una cuerda de un lado al otro del río y, asidos a ella, cruzaban a nado con los materiales que usaban en la construcción. En más de 45 años sólo han tenido que tensar una vez los cables. Quizá una placa debería recordar a aquellos valerosos hombres que regalaron este paso, donde el río Sil se deja arrullar por este puente escondido en la espesura. Desde la orilla izquierda, su estampa nos demorará: no importa la época del año, siempre sale bonito.

Según avanzamos, alejándonos del río, surgen los tajos de tierra roja, una muralla de arcilla. Es fácil pensar en Las Médulas, en las minas, en el esfuerzo de miles de personas a la búsqueda de oro. Pero no, nada tienen que ver las Barrancas con los romanos. Son arcillas de la Edad Terciaria, Facies Santalla la llaman los entendidos. Esta franja se inició hace unos 66 millones de años, cuando el dominio de los dinosaurios comenzaba a diluirse. Aunque llegados aquí, he de rectificar. Sí: los romanos anduvieron por estos montes. En Los Foyos, un cerrado paraje de cárcavas tapizado de robles y encinas, buscaron oro con poca fortuna. No es difícil ver, sobre todo en imágenes de satélite, murias en el entorno, sobre todo hacia el Cerro de la Fraga, amontonamientos de piedras que delatan al minero. No nos desanimemos si en el camino de ascenso nos topamos con grandes bloques de arcilla, los llamados argayos. Las Barrancas se deshacen como azucarillos en agua. Ascendemos entre pocos castaños y muchos robles. No por casualidad a buena parte de este monte se le llama El Carballal, robledal en gallego. Y de repente, sin avisar tras el penúltimo esfuerzo, el cielo se abre y llegamos a una postal con castillo incluido. Podría describirlo o poner alguna foto con filtro pero no se le parecería, ni por asomo, al agradable vértigo de su belleza. Las peñas de Ferradillo, el cauce del arroyo de Rioferreiros y el castillo de Cornatel. Me repito: ¿se puede dar más por un sencillo billete de bus urbano? Debemos avanzar, que nos espera la Virgen del Carmen de Rioferreiros, que escapó victoriosa de la terrible tormenta de 1964. Salvo en invierno, la modesta ermita se muestra escondida en la vegetación, y aparece con disimulada timidez, tras una curva. Es modesta, planta rectangular, de una sola nave y una pequeña espadaña. Nada que la encumbre o la haga salir en los catálogos más escogidos; pero el entorno, el lugar, atesora un aire mágico, sublime, encantador. Los que la levantaron lo sabían, y quizá eso la salvó del desastre. El 12 de agosto de 1964 se desató una gran tormenta sobre las Peñas de Ferradillo. La fuerza del agua convirtió el tranquilo arroyo de Ríoferreiros en un puño de hierro que golpeó la ermita hasta dejarla en un estado ruinoso, por la enorme cantidad de rocas que arrastró. Primero echó abajo una de las paredes de la ermita, llevándose la imagen de la Virgen arroyo abajo. La talla fue encontrada, días después, en Dehesas, por un vecino de Santalla. Estaba semienterrada, con pocos desperfectos a pesar de la furia desatada. Las gentes del lugar lo consideraron un milagro. Hay un video en youtube donde el cura más famoso de la comarca (Antolín mediante), el irrepetible Alberto Morán, visita el lugar con algunos de aquellos que vivieron en el vecindario de Rioferreiros, que a pocos pasos de allí estuvo pleno de vida. Un video embargado con la añoranza de los que saben que aquellas piedras no volverán a su lugar ni los niños a gritar con alegría.

A un lado del camino que lleva a Santalla, un mojón con el símbolo y la flecha amarilla. Que nadie se sorprenda: no es el Camino, y sí es el Camino. Este es llamado Camino de Invierno. Muchos peregrinos, sobre todo en época invernal, lo elegían para evitar las nevadas intensas de O Cebreiro y poder llegar a Santiago de Compostela, temiendo perder la vida en el empeño. Comienza en Ponferrada, bordea el monte Pajariel, y recorre localidades como Toral de Merayo y Villavieja. Atraviesa Borrenes antes de llegar a Las Médulas para después abandonar la comarca por el Puente de Domingo Flórez, siguiendo el curso del río Sil. 210 km entre El Bierzo y las cuatro provincias gallegas que ya desde los romanos hasta las tropas napoleónicas usaron para sus fines. O sea que, durante un pequeño tramo, lo haremos al revés. Confieso que he visto poca gente, nada que ver con el tramo Jacobeo. Una fría mañana de febrero del 2019, cuando estaba a mitad de bajada desde Villavieja, en una curva, me topé con dos peregrinos. Él de Cádiz y ella de Navarra (le llamaba primo). Me preguntaron si quedaba mucho para Villavieja. El camino es duro, muy empinado, y no mentí: aún les quedaría un buen trecho, acompañados por la estampa agreste del castillo. Estuvimos hablando un rato. Que les gustaba mucho El Bierzo, que la gente era muy amable.

Es casi un delito flagrante contemplar el castillo de Cornatel y no citar a Gil y Carrasco, o a Gil como ahora dice Valentín que debemos referirnos a él, aunque cueste, que el apellido de su madre algún valor tendrá. Gil también nombra a Santalla, nuestra próxima parada: «El conde de Lemos bajó la cuesta de Río Ferreiros, cruzó el riachuelo, y se convenció de que por aquella parte el castillo era inexpugnable, fortificada con horrorosos precipicios. Situó un destacamento de caballería en Santalla, asegurándose el camino de Ponferrada...». El bueno de Gil seguro que conoció el vecindario de Rioferreiros en sus viajes por la comarca. Aún se distinguen los muros de las casas que formaban, habitado hasta la década de los setenta del siglo pasado. Nació como barrio de Villavieja, llegando a contar con 28 casas a mediados del siglo XIX, pasando a formar parte del pueblo de Santalla. Tuvo un molino que también sufrió la embestida de las piedras y el agua de la tormenta de 1964. ¡Menuda tormenta la de aquel año! De ella habremos de hablar en otra ocasión, por el significado que tuvo para tantos pueblos de los Aquilianos, como San Adrián y Santa Lucía.

El ancho camino discurre, plácidamente, entre nogales, huertas, viñas y cerezos que, a partir de marzo, festejan la venida del fruto con flores blancas que bailan con la luz. Al otro lado del tajo, vuelven a aparecer las murallas de arcilla. Santalla del Bierzo. Es posible que su origen se encuentre en el asentamiento de El Carballal, al otro lado del tajo del arroyo de Rioferreiros, hoy laderas con viñedos y algún castaño. El topónimo Santalla proviene del gallego Santaballa, que deriva de Sancta Olalla, que a su vez deriva de Sancta Eulalia, lentos vaivenes del lenguaje. Los corredores de madera, las vigas de castaño, la pizarra y la piedra en sus casas tradicionales engalanan el paseo por sus empinadas calles, sobre todo en la calle Real Señorío, un museo de arquitectura berciana. En un apartadero de la N-535 hay un estupendo mirador desde el que contemplar las singulares Barrancas y el Bierzo Bajo. Podremos ir hasta allí, con la constatación de tener que dar la vuelta. ¿Merece la pena? Por supuesto, pero habrá que sopesar fuerzas y calcular el tiempo en que la noche se nos pueda echar encima. Un kilómetro de ida y vuelta, 12 minutos.

Todo lo que sube baja, así que la calle Regueral nos devuelve a la llanura, no sin antes depararnos otra sorpresa: escondido a la vera derecha, el molino de La Reguera, quizá del siglo XVIII. Las crónicas citan a sus propietarios, como Agustín de Prada y consortes, a Nicolás Rodríguez y más interesados; o a Juan de la Higuera y más porcioneros. Molía trigo, centeno, y cebada, que el hambre apretaba y el reguero, aunque escaso de caudal, facilitaba la labor.

Al regresar, las Barrancas ofrecen su mejor perfil, una estampa cautivadora. Es cuando más se asemeja a una fortaleza, con sus atalayas que superan los 100 m de altura, como edificios de 30 plantas. En Priaranza del Bierzo aún queda la torre de una fábrica de cerámica, que usó arcilla de esta Facies Santalla. La tierra berciana, en su sentido más estricto, ha proporcionado la efímera riqueza que ha sido también nuestra perdición.

Volvemos al punto de partida, a la misma parada de la línea 1 del SMT, que nos devuelve a casa, impregnados de aromas, contrastes de colores en el pensamiento y polvo de arcilla en las botas.

¡Sube al bus y camina!

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