#132 / CON ANTONIA (AVV)
-No deberías andar solo por el monte. Te puede pasar algo. Y nadie te podría echar mano.
Había que aprovechar ese luminoso día de finales de octubre, que el otoño puede encapotarse, poniendo todo perdido de un gris que casa mal con el amarillo. Y por esa feliz casualidad, me encontré con Antonia.
-Hay mucho bicho en el monte. Te puede salir el lobo.
Es algo mágico el transitar por un territorio casi despoblado y hablar con gente. Una paradoja, pero lo cierto es lo que ocurre, y a la verdad hay que aferrarse. Con el conductor que me llevó a San Clemente de Valdueza entablé animada conversación. El trayecto desde Ponferrada no es largo, aunque las curvas y los desniveles animan a la calma y la charla. Tras casi cuatro horas de caminata, descendía hacia Villanueva de Valdueza, donde se vislumbra el pueblo, pero da la sensación de que no se avanza, que las casas se alejan.
En la penúltima revuelta, y como si estuviera esperándome, una mujer surgió de la espesura de un pequeño soto, a la hora en que el dorado del sol de otoño se iba volviendo azulado, frío, nocturno.
-Cuando era niña, a un vecino del pueblo se lo llevó un jabalí por delante. Le cortó en el muslo y se desangró. No llegó vivo a Ponferrada.
En una ciudad puedes pasear por la calle más concurrida y no intercambiar palabra con nadie. Es una ilusión óptica y sonora: la de sentirse rodeado y solo al mismo tiempo. Y por descontado, las recomendaciones bien pensantes se guardan, que quizá podrían malinterpretarse. Antonia no era agorera, ni quería asustar: exponía la lógica de tener más razón que una santa.
-Mi familia proviene de Valdefrancos, unos, y de Castrillo del Monte los otros. Y se fueron a encontrar en Villanueva.
Al quedar elevada sobre el camino, la pude observar con detenimiento. Se acercó un poco más. Botas de goma. Pantalón oscuro. Camisa a cuadros en tonos azules y violetas. Y un mandil que la cubría casi por entero. Se sostenía con un cayado, tal vez de madera de castaño, con el que moverse y remover la tierra. O a espantar a esas alimañas de las que me advertía. Tocada con un gorro de la que salían las guedejas de pelo. Lo único que desmerecía era la mascarilla bajo el mentón en aquellos tiempos de pandemia. Quizá dentro de unas décadas alguien reconstruya esa manera de vestir en un museo etnográfico.
-Mi hermano tiene el mesón que está en mitad del pueblo. Lo tiene lleno. Le viene gente importante. Alcaldes. Algún político de esos que prometen y prometen. Y los jugadores de la Ponferradina. Y es que se come muy bien y a muy buen precio. Yo le digo que suba los precios, que está cambiando duros por cuatro pesetas, pero no me hace caso. Que no quiere regalarle ningún cliente al otro mesón, al que está al lado del arroyo.
Yo sabía que hablaba del Senegal, que cerraría a principios de 2024. Un lugar donde podías pescar unas truchas que luego te comerías, productos de proximidad le llaman ahora los cursis.
-No le deseo mal a nadie. Dicen que no dan mal de comer, yo nunca he ido, pero que los dueños no valen para el negocio. Y es que esto de un mesón es muy sacrificado, y hay que aguantar mucho.
Sobre el puente de la nariz, se sostenían unas gafas de ver de cerca. Y aunque te miraba con ojos vivarachos, despejados, esa manera de llevarlas le daba un semblante más afable, de abuela arquetípica de los libros para niños.
-Un hijo mío tiene una tienda de cortinas en San Ignacio. Igual le conoces. Y también tengo una chica.
Entre octubre y noviembre, los solitarios sotos de castaños se llenan de figuras agachadas, de pie en difícil equilibrio. En el feliz recorrido hice un alto en el soto de Valdecarrizo, una ladera que mira al valle tallado por el arroyo de Bocarrodrigo. Intercambié unas palabras con una solitaria mujer que con paciencia recogía castañas. Parecía aliviada por enderezar el espinazo. Dos años después, en ese mismo punto, sucedió algo que contaré otro día, algo extraordinario y sin fácil explicación, y que tiene relación con Santos, del que daré cuenta en unas líneas.
En el Soto de Valdemuniel me topé con un octogenario que apañaba castañas, acompañado de un pequeño perro que ni siquiera ladró cuando caminé a su encuentro. Le pregunté por el arroyo que baja del castro de la Corona, donde siempre hay mucha humedad incluso en esta época del año en este octubre ya casi noviembre en el que la sequía se dejaba notar. Arroyo Fuente Blanca. Imaginé que era por la enorme cantidad de cuarcita blanca que aflora en el entorno. El señor no parecía muy dispuesto para entablar conversación ni recordar topónimos. Y el perro no hizo ademán ni de acercarse.
-¿Santos dices que se llama?
Había dudado de contarle la historia que me había referido mi amigo Andrés meses antes. En los años 70 u 80, Santos vivía en Madrid con su mujer y sus hijos, cerca de la plaza de toros de Las Ventas. En los veranos solían venir a Valdefrancos. Siempre andaban con historias de novenas, cánticos en la iglesia, poniendo imágenes. Eran tan ultra católicos que hasta el cura tenía que frenar su fervor.
-No me suena. ¿De Valdefrancos?
Santos, de profesión fotógrafo, venía mucho por las faldas de la Corona del Castro y la antigua cantera de Valdefrancos. Entonces se supo que a Santos se le aparecía la Virgen. No se sabe si como a los pastores de Fátima, o a la niña Bernadette de Lourdes. Quiso que tras su muerte sus cenizas se esparcieran aquí, de ahí el altar que permanece.
En ese paseo de octubre, me había encontrado por segunda vez con el altar, pasado el alto que marca la abandonada cantera de Valdefrancos. Siempre sorprende encontrarse este tipo de altares, alejados, casi escondidos. El pequeño altar de Santos era una agrupación de piedras, presididas por una cruz pintada, y otra piedra suelta en donde una “S” mayúscula no ofrecía dudas a quien supiera de la historia.
-No te puedo decir. Y de esas cosas mejor no hablar. Igual mi madre sabía algo pero ya no está. Yo soy de iglesia lo justo. Que sé que hay Dios y espero que Cielo también. Mi marido sí que era más de curas que yo, pero falleció hace dos meses. No. Hace dos años.
Dos meses pueden pasar como en dos años. Y viceversa.
-Nadie quiere venirse a vivir a Villanueva, con lo bien que se está en el pueblo. Miento. Uno de Barcelona se ha comprado una casa frente a la iglesia. No sabemos si para pasar las vacaciones o para traer a la familia.
Mucho se habla de la vuelta a los pueblos. Tiene tanta validez como ponerse a dieta el 30 de junio esperando un milagro. Madrid crece por miles y miles de seres humanos cada año, que gustan más de ver una calle abarrotada que el horizonte.
Le pedí una foto. Nunca lo hago, por respeto, o pudor, que a mí tampoco me agradan las cámaras. O suelo robarla, sin mala intención, aunque me contradiga. Antonia se prestó sin decir siquiera que sí. Se quitó los guantes, que podrían haber servido para encofrar, que la castaña es un fruto curioso encerrado en un erizo que pincha más que el hambre en épocas de malas cosechas. Se atusó el mandil. Tras quitarse el sombrero, ahuecó el pelo, volvió a colocar el sombrero y sonrió, apoyada en el cayado. Caí en la cuenta de que llevaba una cartera de mano colgada: un teléfono y algo de dinero, poco más cabría en ella. No quise robarle más tiempo. Y debía apresurarme, que hasta Toral de Merayo aún me quedaba hora y media larga y Ana, la conductora de la línea 2, no esperaría por mí.
-Y no andes solo por ahí, mira que luego pasan cosas.
Dudo de si volvió a meterse en el soto, a apañar las últimas castañas del día.
La tarde iba perdiendo el nombre y la luz.
Tanto Antonia como yo debíamos volver a casa, que la noche caería pronto y los seres del monte no tardarían en salir.





Comentarios