#117 / VÍA CRUCIS EN EL PAJARIEL
- Luis García Prieto
- 24 mar
- 3 min de lectura
Alguien podría preguntarse qué pinta un Vía Crucis en una web de senderismo. No debería sorprender demasiado. En estas páginas ya han aparecido iglesias, vírgenes, santos y tallas, con historias a veces documentadas y otras apenas imaginadas.
Y es que éste no es cualquier monte, ni esta cualquier procesión.
En el Pajariel, esa atalaya que da perspectiva a Ponferrada, cada Domingo de Ramos un grupo de fieles, vecinos y curiosos se da cita en la iglesia de Santa María de Vizbayo. Románica, probablemente la iglesia más antigua del Bierzo en su estilo, se levanta al pie del monte, alejada del pueblo de Otero. De su interior sacan un Cristo Crucificado barroco del siglo XVIII.
No existe en cientos de kilómetros a la redonda algo parecido. Abundan las procesiones donde la gente mira, vestida con sus mejores galas, sin atisbo de sudor. En la del Pajariel el atuendo tiene que ser otro: calzado que se agarre a la tierra y haga crujir los guijarros, un bastón que ayude en la subida y una cantimplora para la sed. La procesión empieza a las cinco de la tarde, esa hora extraña en la que quizá haya cosas mejores que hacer. Aquí se participa, no se contempla. No hay oro, ni plata, ni oropeles. El olor del monte, el sonido de los pinos cuando pasa el aire y recuerda al mar, los animales que miran desde la espesura.
El Cristo es manejable, casi cualquiera puede portarlo si la fe es firme y el sofoco no agota. Aunque los relevos son necesarios. Apenas salir del templo y rodear una viña que mira al Puente Boeza, ya no habrá descanso hasta la última de las quince cruces de hierro que jalonan el ascenso. En cada parada, un episodio de la Pasión. Cada paso, una pequeña penitencia. Cada metro ganado al monte, un eco de aquel ascenso al Gólgota. No es una metáfora cómoda: la pendiente aprieta, el peso de la cruz se reparte entre quienes se ofrecen a sostenerlo. Algo tienen que poner de su parte. Algo parecido, quizás, a lo que tuvo que padecer el Jesús mítico.
El camino gira junto a La Pradera, zona húmeda con unos abetos azules que rompen el monótono arbolado con una estampa peculiar. No será raro que algún ciclista o corredor en pantalón corto se tope con la comitiva: teniendo algo de Santa Compaña no da miedo, tal vez algo de conmiseración, que a esa hora de la tarde de un Domingo de Ramos hay que tener mucha fe en uno mismo para acometer las rampas.
Dos mil pasos hasta la decimoquinta cruz, alta y sobria. El desnivel equivale a un edificio de cuarenta y ocho plantas. Subir hasta la cima sería ya demasiado Vía Crucis; con la mitad basta. Junto a esa última cruz, las vistas sobre la ciudad y la comarca se abren como una recompensa, como un alivio tras el Calvario.
La tradición arrancó en 1993 con un mensaje ecológico que entonces sonaba raro. Casi nadie hablaba de cambio climático en aquella España con resaca de Olimpiada barcelonesa. En los ochenta y noventa de ese siglo, los incendios estivales, la mayoría provocados, azotaron al Pajariel, y lo convirtieron en una sucesión de manchas negras. Desde la ciudad, separada apenas por el Sil y su afluente el Boeza, los vecinos contemplaban las llamas con impotencia. El monte parecía condenado a repetir su martirio año tras año.
El Pajariel ha conocido el fuego y el abandono, pero sigue ahí. Como tantas veces en la naturaleza, después de la caída llega el regreso, un viaje del héroe pintado de verde. En esa historia el ser humano ocupa un lugar incómodo: es culpable y salvador al mismo tiempo. Provoca el incendio, pero también planta árboles, abre senderos y repite cada año este rito que le recuerda su propia fragilidad y su lugar en ese eterno retorno.
En este 2026, la tradición cumple 33 años. La coincidencia con la edad que se le atribuye a Cristo en la cruz no es premeditada pero merece un recordatorio. Tampoco parece un mal número para un rito que nació del humo y sobrevivió a él. Muerte y resurrección.





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