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  • Luis García Prieto

#8 El Pajariel

Todas las ciudades y pueblos, o la mixtura que es Ponferrada -dicho con orgullo-, es la cita de sus piedras, las que forman iglesias, puentes, castillos y edificios de uso cambiante. Lo que antes fue una sucia central térmica es ahora un espléndido edificio. O aquella cárcel -imaginamos que infecta- guarda y valora algunos bienes de la comarca (aunque nos falte nuestra Cruz de Peñalba, algo inaudito, pero esos son temas más espinosos, y hoy estamos para caminar y disfrutar). Y ahí deberíamos meter a ese monte magnífico, en el lado sur de la pequeña urbe, separado por el hilo metálico del Sil, en la lista de los orgullos pequeñopatrios. Aunque no se pueden poner puertas al campo (o sí), el Pajariel tiene varias. Por su lado norte las más usadas: una visible zeta entre pinos y dos sendas, la de la Puta Parió y la Peta Costillas que avisan al que quiera atender. Y como esto va de transporte público, elegimos la línea 5 del SMT, con la penúltima parada, en mitad de San Lorenzo, frente a la Casa de los Flórez. 3 escudos en un solo edificio que perteneció a Apolinar Flórez Deza, un tipo con distinciones que le permitían tratar al rey como primo, no sabemos si eso es bueno o malo vista la deriva helvética y judicial de la realeza española. Enfilamos por la calle Pozo de Villa, pasamos la Peana y desembocamos en la Plaza Mayor. San Lorenzo tiene, como no podía ser de otra manera, sus ejemplos de arquitectura civil berciana. La Casa de los Carujo es de 1685 y su estampa sigue siendo magnífica. Los carteles de Se Vende deslucen su escudo y las impostas tan marcadas. Ya no habría que poner carteles de venta en la comarca: ¡si casi todo está en venta! Junto al edificio, un palomar en un estado que antecede a lo ruinoso. En esta guía aparecen muchos palomares. Este tiene la consideración de dejarse ver sin dificultad, a pie de calle. Algunos, como en Valdecañada o en Ozuela, se levantan en lugares de acceso complicado, cercados por la maleza y la desidia. Pese a la modestia y simplicidad, estos construcciones tienen un “yo que sé que qué se yo” que enamoran. Continuamos camino, ascendiendo hasta salir de San Lorenzo y ver la estampa del monte, rodeado de viñas. La primera rampa importante discurre junto al arroyo del Vergel. Que nadie espere verlo, agostado por los incendios, ralas las laderas que suben. No mucho más lejos, la guía avisa del asentamiento de Santa Eulalia, o Santa Olalla. En esta parte del Pajariel hubo vida, y emociones, risas y llantos, gentes que ya usaban la terra sigillata como ahora usamos el acero para las ollas. Con el tiempo descendieron y formaron San Lorenzo, el del buen vino y mejor cantar.

El Pajariel es un monte domesticado, sometido a la cirugía de los pinos. Parecen todos iguales pero cada uno es de su padre y de su madre: Pinus radiata, Pinus Silvestris y Pinus Pinaster. Latinajos que quedan bien en una charla con amigos. Pero en el Pajariel comienzan a verse cada vez más especies. Por resumir: castaños, robles, algún eucalipto de los de mala prensa y fácil combustión. Y cerezos. El cerezo parece anclar bien es estos pequeños valles, en los húmedos pliegues, traídos quizá del cercano Rimor o de Toral de Merayo por aves en sus estómagos.

588 hectáreas. O lo que es lo mismo, 5.88 kilómetros cuadrados. Ponferrada entera cabría en el monte Pajariel holgadamente. Un monte a tiro de piedra, a salto de mata, a dos pasos de la ciudad. Ese es el Pajariel, un lujo nunca lo suficientemente reconocido, un hijo pródigo al que los ponferradinos no estiman lo suficiente, un acompañante fiel, un lugar que por mucho que se visite siempre tiene un recodo, un lugar inesperado, un pequeño mirador que hollar. Maltratado por sus vecinos y, a veces, olvidado por las administraciones. Ha proporcionado, desde tiempo inmemorial, leña para calentarnos, madera de castaño con los que fabricar la vigas de las casas. Y alimento de sus castañas; y buena carne de sus corzos, jabalíes y liebres que aún se pueden ver por sus caminos.

Y, casi de repente, el mirador. A 817 metros sobre el nivel del lejano mar, de este a oeste con preferencia de norte, el Bierzo Bajo que le llaman en todo su esplendor. O la conurbación verde, la ciudad jardín. Podemos entender que Ponferrada como tal no existe, es una extensión más o menos anárquica que se funde con Camponaraya, con Cacabelos, con Villafranca, con Priaranza del Bierzo y, si se me apura, con Molinaseca. Una urbe vegetal donde, si fuéramos ardilla, podríamos ir saltando de tejado en tejado, de frutal en frutal, una caseta de labranza aquí y un chalé de dudoso gusto allá, sin tocar el suelo, de un lado a otro de este damero irregular y frondoso. La denostada Torre de la Rosaleda se alza enhiesta, igual que un descomunal vértice geodésico, con cien metros de alzada. Podremos demorarnos lo que queramos en esta gozosa visión: en 40 minutos llegamos de nuevo a la parada del SMT.

Es un lujo, una felicidad en el ánimo, el poder pasear a través de un bosque de pinos, aunque añorando los inmensos sotos de castaños y encinas que un día tapizaron sus laderas. Cada verano, los buenos ponferradinos esperan que nadie lo queme. La última vez, el 27 de septiembre de 2017 cuando, en la ladera que mira al encuentro entre el Boeza y el Sil, un desalmado prendió la mecha. El corazón de Ponferrada se encogió viendo las proezas de los pilotos de helicóptero, echando agua sobre las llamas.

En nada, empujados por la inercia del descenso, una solitaria cruz. La decimoquinta y última cruz del Vía Crucis que cada tarde del Domingo de Ramos asciende desde Otero hasta aquí. Lo ideal es que estuviera en la cima pero Dios no quiere quedarse con tanto feligrés en el pedregoso camino. Cruces más pequeñas acompañan en una cuenta atrás divina hasta Otero. Una comunidad de abetos azules nos hace preguntarnos cómo llegaron hasta aquí, un contraste que rompe el monótono tono de los pinos que los rodean, quizá preguntándose lo mismo. Pero todavía queda un alargado y pequeño soto de castaños, supervivientes a la llama y a las labores agrícolas. Pasamos de largo por Otero, por pararnos más rato en la iglesia de Santa María de Vizbayo y entrever su porte. Dicen que es la iglesia románica más antigua de El Bierzo, con una ventana geminada dotada de un delicado capitel de piñas, su arco de herradura y la imposta de taqueado y bolas. En 2020 quitaron los bloques de hormigón de su muro y colocaron una cerramiento de acero Corten: ahora parece un muro de Texas. En este mundo, en el que todos sabemos de todo, uno se pregunta: ¿no había una solución mejor para poder deleitarse con la portada románica y no tener que hacer juegos visuales malabares para ver algo/poco/nada?

En el Puente Boeza llegamos a la parada del SMT, a la 5, la misma que nos dejó horas antes en San Lorenzo, con el perfil del monte a nuestra espalda.

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