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  • Luis García Prieto

#32. Castrelín de San Juan de Paluezas.

Me tacharán de exagerado, pero la línea 1 del SMT te acerca a Las Médulas. No miento aunque exagere un poco, lo acepto. Y no, no quiero emular a un tipo con más ego que cuerpo que pilota un cacharro volador muy contaminante aunque se las dé de ecologista, y que abre canales romanos como quien mete la cuchara en un flan. Esta línea 1, la que marcan de rojo en la señalética, que conecta Dehesas / Villaverde de la Abadía con Santo Tomás de las Ollas y la Universidad, unos 13 km para arriba y otros tantos para abajo es, sin duda, la que más comunicaciones tiene con el centro de la ciudad, que es lo que a la gente que disfruta con RCBP lo que le interesa.

Sí: a una hora y algo de paseo, según nos bajamos en la última parada de la línea 1, nos plantaremos en el Castrelín de San Juan de Paluezas, que pertenece a la zona Arqueológica del paisaje cultural Las Médulas. Reconozco que parece un mensaje publicitario y más cuando el Castrelín no lo necesita, que por sí solo merece el esfuerzo, y el camino que nos lleva, pero como eslogan no queda mal: ¡Sube al bus y bájate en la última parada: Las Médulas!

Villaverde de la Abadía es un típico pueblo del Bierzo Bajo, como Dehesas o Carracedelo, la cabeza de municipio al que pertenece. Poblaciones sin un centro definido, separados unos de otros no por la desconfianza, sí por la necesidad de extraer de la tierra el rico sustento de la huerta berciana. De aquí salen esos pimientos, esas cebollas, las patatas que comen esos cerdos que transmutarán en botillo y hasta la madera de chopo de esos palés que los llevarán. En nuestro camino no veremos la iglesia, que no descolla en un tierra llana, tierra seca como decían antes de que Bárcena y Posada se sacrificaran en pos del bien común con el agua al cuello y más aún. Pero algo debió de ver la escritora Helena Tur en esta frondosidad, cuando ambienta su novela Malasangre en Villaverde de la Abadía, adonde llega la protagonista para trabajar. Romasanta (el famoso licántropo gallego), cuatro niñas asesinadas, el río Sil y Las Médulas forman parte del apasionante argumento. Creo que se está vendiendo muy bien. Ese lector bien podría venir y pisar el territorio del argumento, que todo suma, bien por Tur.

Cruzamos fácilmente esa parte de Villaverde de la Abadía y ante nosotros el horno de San Blas, que pertenece a la Ruta del Vino y el Pan que el Ayuntamiento de Carracedelo puso en funcionamiento. El caminante tendrá la posibilidad de conocer aquella vida tradicional a través de los hornos y lagares existentes en cada pueblo del municipio y que han sido restaurados recientemente. Tienen 7 hornos rehabilitados en el municipio: 4 en Villaverde, uno en Carracedo del Monasterio, uno en Villadepalos y otro en Carracedelo. Junto con los 3 lagares, y el molino de Pradela. Con pan y vino se hace camino, de eso no cabe duda.

Atravesamos la imponente chopera, un ser vivo hecho de miles de seres vivos (como los humanos) que cambia y muta con las estaciones. Se extiende durante más de 14 km, de este a oeste, siguiendo al río Sil, desde el barrio de Flores del Sil de Ponferrada a Villadepalos, hasta encontrarse con otro ejército de chopos que surge en Villabuena. Puedes pasar hoy y verlos ufanos moviéndose coel viento, ejemplares tan altos como una casa de diez pisos, como modernas torres eólicas de esas que carecen de aspas. Y volver en unos meses y solo poder oler el dulzón aroma de la madera cortada y los tocones a modo de cruces de camposanto. Nos encontraremos con tramos de más de un kilómetro de anchura, con anchos y rectilíneos caminos que pueden desorientar por su monotonía.

La primera sorpresa, casi sin esperarlo, escondido tras la espesura, es el puente colgante, quizá uno de los más fotografiados de la comarca. Un día, una persona de un grupo que hacía senderismo, se mostraba reticente a cruzarlo. No es peligroso, ni la altura es considerable. Pero el miedo es propiedad del que lo lleva. Caer de él lo sería por el poco caudal del río Sil en casi todas las épocas, retenido por el embalse de Bárcena. En Villaverde de la Abadía, en los años 50, había otro puente el doble de largo. Pero una terrible riada lo echó abajo, llevándose de paso la vida de varios jóvenes de la cercana San Juan de Paluezas, que murieron ahogados. En el pdf de la ruta se cuenta más de los intríngulis de su construcción, del valeroso Ventura Álvarez y sus amigos, así que no nos demoraremos en ello. Ahora que caigo, en 1976 comenzó su construcción, así que en nada y menos, que el tiempo vuela, cumplirá 50 años, número redondo en la vida de un humano y la de un puente. Los políticos podrían organizar la Conmemoración 50º Aniversario Año del puente, con discursos, actividades paralelas y fuegos artificiales, que de estos la zona no está escasa por algo que veremos más adelante. El Sil, en un tramo de apenas 9 kilómetros, cuenta con otros dos. Aguas abajo se encuentra el cercano puente colgante de Villadepalos, más grande. Y finalmente, el del pequeño pueblo de Valiña, más parecido en tamaño a este de Villaverde de la Abadía.

No podrá nadie dejar de sacarle una foto. Y es que sale bonito desde cualquier parte, sea invierno o el mágico otoño. Aunque, desde mi punto de vista (que es uno solo) la fotogenia le brota mejor desde la orilla izquierda de este río Sil no lo suficientemente valorado.

Al volver a tierra firme podríamos ir a las Barrancas de Santalla (ver 5 RCBP Barrancas) pero esta vez seguiremos el curso del río en su lento avance.

«Río de las ondas claras y las arenas de oro, en ti el romano, vencedor del mundo.» Gil y Carrasco otra vez, esta vez vestido del poeta que nunca pudo llegar a descollar como sus amigos Espronceda o Zorrilla.

Llevamos viendo desde el Horno de Pan extensiones de frutales perfectamente alineados de pera Conferencia. Esta pera no madura en el árbol, lo hacen después de ser cosechadas. Son Marca de Garantía desde 2012 y están ahora luchando para conseguir una IGP, la Indicación Geográfica Protegida, un marchamo de calidad de carácter europeo que abre la puerta a nuevos mercados.

En el paraje del Olgaño se abre un cruce irregular, como una rotonda de capital, con calles que son anchos caminos de tierra. Un cartel discreto indica la existencia, a medio kilómetro de Pibierzo, una pirotecnia berciana que ha de alejar su delicado producto. Nada hay allí de nuestro interés, así que seguimos adelante. El Sil, en sus anuales crecidas, probablemente llegaba a cubrir este paraje del Olgaño, de abundantes huertas, siendo hoy una espectacular comunidad de chopos para la industria. Caminamos entre los dominios de los ayuntamientos de Carracedelo y Borrenes, con muchos caminos que ascienden camino de San Juan de Paluezas, que si no lo conoces deberías darte una vuelta. La espesura se hace dueña y señora y más al pegarnos a las paredes rocosas del Cerro de la Fraga. Dicen los que saben de esto que es un escalón o tajo calizo muy vertical, umbrío y lleno de vegetación. El topónimo fraga nos indica la existencia de un bosque virgen, atlántico, de mucha espesura y escarpado. En un próxima ruta aparecerá un recorrido circular por él, subiendo por el arroyo de la Fervencia que lo corta como un cuchillo al pan nuestro de cada día, sea blanco o integral.

Nos espera el único desnivel de ese trayecto llano y tranquilo. Una porción será con el acompañamiento del arroyo de As Cereixas o de Valderrigueira, que nunca he visto con caudal. Los tiempos lo han venido secando, que ha formado la cabuerca de As Cereixas, un barranco que baja desde una formación rocosa llamada El Sierro. No muy lejos, escondido entre la vegetación y el olvido, se levantaba el molino de Olgaño, junto a la cabuerca de As Cerexais. Lo levantó Eugenio Escudero, de Carracedelo. Tomaba el agua del Sil en el paraje de Olgaño, usando un canal. Se cerró en los años 60 del siglo pasado, y un incendio forestal lo acabó de arruinar. Todavía queda alguna pared que pronto será ruina completa.

En apenas 400 metros, dejamos a un lado el arroyo y comienza la subida de verdad, la que agita el corazón y aprieta los gemelos. Es un tramo de medio kilómetro por un robledal, el desnivel es fuerte y hay un pequeño sector con tierra que exige cuidado y paciencia pues las suelas fallan sin remedio ante la ley de la gravedad.

Por fin, entre una puerta imaginaria que forman dos castaños, el castrelín y la luz. El pequeño castro es una atalaya gozosa sobre la fértil vega berciana. Cerrando los ojos, aún podremos sentir el trajín vital de aquellas gentes que hubieron de someterse al Imperio llegado de Roma, obligados a bajar al llano, y a trabajar en Las Médulas. Habitado desde el siglo III a.c. hasta el siglo I a.c. en que fue abandonado por la llegada del invasor. Aquellas gentes nada pudieron hacer para preservar su estilo de vida, a pesar de sus endebles murallas. El castro, dividido en 2 sectores, mide unos 15.000 m2 (3 campos de fútbol, esa medida universal que es tan fácil de visualizar). Vivían unas 100 personas, una cifra nada desdeñable para unos ganaderos y agricultores autosuficientes. En el castrelín no es difícil recorrer sus callejones, las habitaciones, las cocinas y almacenes, con un aspecto que podríamos comparar con la recreación del Castro de Chano. Desde aquí podían ver y dejarse ver por los demás castros hermanos del entorno. Al norte, Castro Ventosa a unos 8 km en línea recta. Justo al sur, la Peña del Hombre (un magnífico castro que se puede visitar, recién restaurado junto a Paradela de Muces), al este Ponferrada con el Monte Castro y de refilón el castro que dio origen al castillo de los templarios. Y si no fuera por El Sierro podrían haber visto cómo construían el castro de Borrenes, esfuerzo baldío pues no pudieron ni habitarlo.

Estos lugares emanan una paz y serenidad notables. Invitan a quedarse, a imaginar cómo sería la existencia de aquellos que fuimos, en poco o nada diferentes a lo que ahora decimos ser. Toca dar la vuelta, que son 100 minutos hasta volver a la parada del SMT. Hora y media que será diferente, que al dar la vuelta todo cambia: la luz, las sombras, los senderos se bifurcan pero son los mismos, o diferentes, como en el relato de Borges. Volvemos a pasar junto a la pared caliza del Cerro de la Fraga, donde perviven numerosos amontonamientos de piedras. Son murias, el testigo de que aquí los romanos buscaron oro. La forma más sencilla es verlos en una imagen de satélite. Los chopos se mecen con el viento, algunos altísimos, ufanos: no saben que cuanto más alto se hacen más cerca está su final. Dar la vuelta nos permite disfrutar de nuevo del puente colgante, de su balanceo, esperando que el viento no le afecte, como al de Valiña, agitado como un pañuelo en junio de 2022 y que habrán de reparar.

Villaverde de la Abadía resurge, otra vez, perfilado tímidamente en la llanura. Miremos de vez en cuando para atrás, por si Romasanta nos siguiera con sigilo.

La línea 1 nos espera casi cada hora.

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