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  • Luis García Prieto

#14 Ermitas y ecos de La Tebaida

Descargamos de la web la ruta 3 RTDP Peñalba San Mateo Manzanedo. Otra vez en Peñalba. Otra vez en el principio del valle del Oza, en esa porción que llaman del Silencio, por el que subieron, según Aniceto Núñez -un cacabelense de prodigiosa sabiduría-, el mismísimo Prisciliano con Egeria y Ágape, Elpidio, Instancio, Salvanio y Marco el egipcio con una decena de discípulos y tres mujeres, en la cuaresma del año 376. No recomendamos entrar en el pueblo, pues el tiempo pasaría tan rápido y perderíamos la cabeza como Prisciliano. Ni embelesarnos con la pátina de nieve que, en este seco noviembre, hace refulgir los Aquilianos. Un lejano vistazo a la cueva del santo, un saludo a la Cruz del Pico y el Chano Collado, y hacia abajo, un kilómetro por la carretera. La cerrada curva es el punto neurálgico del arroyo de Los Mateos, el ariete con el que de vez en cuando el Corón se divierte con los humanos, llevándose por delante la fina franja de asfalto. Hablan de levantar una especie de puente, algo que Calatrava haría con gusto, pero al Corón -que es muy listo y aún está cabreado con uno de Bouzas por quemarle el jardín- se lo llevaría de un plumazo, y además el blanco no le sienta nada bien.

La senda está indicada, forma parte de la ruta Circular de La Tebaida, un trayecto circular algo duro. Sin darnos cuenta, nos vemos en mitad de un xardonal, un magnífico encinal, el ser vivo más reconocido de la comarca junto con el castaño. Dependiendo de la época del año, nos dejará ver la línea inconfundible del canal romano más alto, el CN-2, rodeando el Carballal como una línea férrea alpina, un convoy de agua rumbo al estanque de Campo de Braña. Muros antiguos, de trasuntos humanos, y una construcción pobre con las pizarras en difícil equilibrio: los llamados Corrales de San Mateo. Aquí, el capellán Domingo Hernández y su criado Francisco Alonso, habían llegado sobre el 1604 a atender la ermita. Procedían de Sanabria, una tierra a varias jornadas de allí. El capellán no podía prever que aquellas paredes iban a ser su última morada dos años después. Precavido, dejó testamento y última voluntad. Este casar y granja de San Mateo fue antes ermita. Si nos fijamos bien, un orgulloso arco resiste al paso de los siglos. La senda discurre sin apenas desnivel, cruzando arroyos y regatos sin nombre, que producen tajos estrechos, rincones llenos de vida. El Camino Viejo de Peñalba sobrevuela el valle del Oza, una visión diferente de la serpenteante carretera por la que subimos, con el perfil de los Aquilianos a la espalda. En la primera bifurcación podríamos bajar a la Ferrería de Linares, que nada tiene que ver con Jaén: linares, campo donde se cultivaba el lino. Continuamos adelante, que Valerio nos espera, que seguro que algo queda de su esencia en El Pedroso. O en el impresionante castañar de Manzanedo, por donde triscaron Genadio y Egeria, con su veintena de barrios, con sus ermitas, iglesias y monasterios que hoy son, en gran medida, anotaciones en libros de estudiosos, bajo el amparo del Tumbo Viejo de San Pedro de Montes, el gran documento al que aferrarse aunque con algo de soslayo, que lo escrito no siempre refleja lo meridiano. En mitad de tanto castaño, la iglesia de Villarino, con los restos de la Casa Rectoral, pasto de las llamas, pasto de ladrones sin alma. Intentaron llevarse las 3 campanas y la pila bautismal. Y, movidos por la leyenda, levantaron todas las losas del suelo, buscando un tesoro. Infames, no entienden que el tesoro es el aire y lo que lo contiene, el armazón sagrado el que se bautizó, se celebraron misas en duros inviernos y se dio el último adiós; y donde Arturo González Rodríguez y su mujer sellaron su matrimonio en 1956.

Como un claro en el castañar, Manzanedo de Valdueza, un pueblo recogido y más luminoso de lo que pudiera parecer por los altos montes que lo rodean. 300 años atrás, un pavoroso incendio quemó 70 casas, que no debía de haber muchas más, y que en dos días no se pudo contener. Tal vez el cuerpo ya pida un descanso o un buen trago de fresca agua. En Manzanedo hay varias fuentes, como la del Val o la del Tío Pedro: una buen sorbo de ellas será tan revigorizante como esos líquidos que enlatan y prometen volar sin alas. El arroyo de Manzanedo discurre plácidamente por la derecha, escondido en la lujuriosa vegetación. No sé si es término adecuado, pues la lujuria es pecado, y no venial: mortal. O sí: la lujuria (en latín, luxuria) es abundancia, exuberancia. No había poca lujuria de santidad, de iglesias, de mujeres y hombres rectos para siglos ya pasados. Ejemplo de aquello, la ermita de Santa María de Escayos, o lo que queda de ella. Se esconde en la lujuriosa vegetación, sin una cubierta, con los muros que verían san Genadio y los naturales de La Cisterna y Valdescayos. El camino es amplio, umbrío en verano y sugerente en otoño, hasta dar con la herrería de San Juan del Tejo. Un tal Benito Monteagudo sacó pingües beneficios para el monasterio de San Pedro de Montes con el que hacer más agradable la vida de sus moradores.

Luego, aguas abajo, por asfalto y la senda que lleva a San Clemente de Valdueza, Valdefrancos, San Esteban de Valdueza y una cuesta hasta San Lorenzo. Ahora, en un mediado otoño, los colores de las hojas de las viñas tamizan la luz y encienden los iris.

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