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  • Luis García Prieto

#3 1 RCBP La primera

No podía ser de otra manera: la primera ruta de Rutas con Bus Ponferrada (RCBP) tenía que ser un recorrido por Los Barrios. No sé si sabéis que Ponferrada, en verdad, es un barrio de ese triunvirato maravilloso, un apéndice con castillo y basílica. Sí, es mentira pero podría ser cierto, dado el esplendor que tuvo y aún retiene con la poca ayuda que recibe. Habremos de tomar la línea 5 del SMT, penúltima parada en mitad de San Lorenzo, junto a la casa de los Flórez, con sus tres escudos, algo inusual por lo excesivo. A partir de ahí un paseo de 45 minutos no exento de bellezas. Las vides que cambian, el arroyo de la Franca, los cerezos que ya son legión en las lomas, un castro que fue donde ahora se levanta un modesto chalé -salvaguarda de aperos de labranza-, con el perfil siempre amable de los Aquilianos. En un suspiro, Villar, de los Barrios. Casonas con escudos que son pura chulería y lucha de clases, a la espera de que se abran sus puertas y regrese la vida a los balcones de forja, repisa y gola. ¡Ay, si este trío magnífico estuviera en otras latitudes! Pero estamos donde estamos, ahora, subiendo la empinada cuesta de la calle Herrería, con esa verdad de “de dinero y santidad la mitad de la mitad” y un crucero de hierro pintado con el óxido de tiempo. En la plaza de la Herrería encontramos al belicoso Capelo, que en tres sentencias sostiene su gallardía (otra vez el tres). Villar de los Barrios es un Mundo, con Carrera a la cabeza. Valcarce, Burillas, Yebra, la recia iglesia de Santa Colomba, más grande que la basílica de Ponferrada, el poder del vino y la huerta antes de que la filoxera (parece nombre de mujer cruel, como de bruja de los cuentos ya incorrectos, ¡corre Gretel!) se lo llevara todo por delante. Camino de Salas (de los Barrios, también), una placa que parece vergonzosa. A los pies del camino, en una pared de vasto ladrillo, el recuerdo de Los Tres de Lombillo (¡de nuevo el tres!). La historia de España que grita en silencio. En la plaza de Salas un elemento que, no por modesto, sorprende. Un ajimez en la casona de los Salazar, un derroche de modernidad para un edificio de tres siglos, por lo menos tres. Tres. En Salas habita un matrimonio con perro, al amparo de la capilla de la Visitación, guardando los huesos del abulense Francisco del Rincón; y el retablo de Nicolás de Brujas, un talento de Flandes que vino por el sueldo y, tal vez, se quedó por los azules ojos de una berciana. A un lado la calle Torronteiro, donde nació Girón el maqui, un apellido que todavía produce asombro, escalofrío o ignorancia, que las olas de la historia lo van cubriendo todo. Al otro, el sobrio edificio que el Cabildo de Astorga usaba para hacerse más rico en la Tierra y más pobre en el Cielo. Luego un puente, el de San Martín, cubierto de vegetación, en muros que habrán visto pasar torrentes y sequías, y caminantes que iban a rendir pleitesía a Santiago, con permiso de Prisciliano. Antes de Lombillo (de los Barrios), podremos recuperar el resuello en la iglesia de San Martín, a la sombra de su portada románica, expoliada en el 2007 como las riquezas de la comarca, el negro sino que nos persigue. A un paso, el cementerio con vistas donde reposa La Penca. Pareciera que en equilibrio, sobre uno de los brazos del cerro María González, se estira Lombillo, pleno de la luz y el aire tan puro que exhalan los Aquilianos. Habrá que parar en el mirador de las Majuelas, a contemplar el espectáculo de cielo y piedra, sin premura, que a partir de allí todo es descenso. Por el camino de Los Barrios de Salas otra iglesia, la de Santa María, con una virgen de la Encina entre sus muros de piedra. Hay tres vírgenes de la Encina en la comarca, todas en el municipio de Ponferrada. La tercera en Ozuela. ¿He dicho tres? Un monumento natural a su lado, casi tan vieja como el templo: la magnífica encina, que habrá visto pasar a cientos de desposadas arrobadas, niños con la primera hostia aún deshaciéndose en la párvula boca, salidas de misa con el vaho invernal, y entierros tan tristes como inevitables. Campo es un pueblo con un nombre sin ambages. Podría llamarse Campo de la Encina, Campo del Boeza o Campo Carbajos. Campo podría ser el verso suelto de Los Barrios, el cuarto poder, la perla en las orillas del río Boeza. Pero la lejanía lo relega a otros dominios. Bellezas no le faltan. A las ya citadas, en poco nos topamos con la inclinada Plaza Mayor. El mismísimo Yebra Pimentel no encontraría disonancias con aquella plaza que él se preocupó de mejorar y embellecer en el siglo XVIII. O la casona de los Villaboa con un escudo que el tiempo ha querido ir deshaciendo, con sus estacas de los bravos Valcarce -que hubieran hecho migas con el Capelo o engancharse por el cuello-, la concha peregrina o sus cinco corazones atravesados por flechas. A través de una calle con un evocador nombre, El Baile, saldremos a la calle Real, que permite torcer a la derecha y ver su fuente romana en cinco minutos, o ya encaminarnos a la parada del bus, que la línea 3 (¡el tres de nuevo!) del SMT no espera a los rezagados que se queden embobados mirando el escudo de los Luna, con poca duda de los mejor labrados y conservados de cuantos aparecen en esta web de rutas.


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