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  • Luis García Prieto

#25 Cerezos en flor por Rimor.

Actualizado: 31 mar

Si nos hemos adelantado a sacar la ruta 11 RCBP, saltándonos el orden lógico, es por una causa justificada y primaveral. Este blog ha salido el 26 de marzo de 2022, junto a la ruta en pdf y su mapa. Hasta bien entrado abril, es una de las mejores épocas para transitar por el Torullón, por la Vega de Rimor, y deleitarnos con la floración de los cerezos. Si pensamos en cerezos en El Bierzo pensamos en Corullón, que buena y merecida fama. Adoro ese valle del Burbia, la estampa huidiza de su castillo, su iglesia de San Miguel y la amabilidad de sus gentes. Pero como esto es una guía de Ponferrada y alrededores, no podemos olvidar a Rimor y sus mil cerezos. (Hago un inciso, ahora que la Semana Santa va llamando a la puerta: Corullón tiene un alucinante Jueves Santo, con su representación teatral de la muerte y crucifixión de Jesús).

Vuelvo al hilo habitual del blog, que estábamos hablando de cerezos en flor en Ponferrada. Por vez primera, y no última, es la línea 2 del SMT la que nos acerca a Toral de Merayo. O los fines de semana, cuando coge el testigo la línea 1. Si lo deseamos, el Transporte a la Demanda también nos acerca los miércoles y viernes por la módica cantidad de nada, con la debida presentación de la tarjeta o un moderno QR que salga de nuestro móvil.

Es Toral de Merayo la última parada del Oza antes de fundirse con el padre Sil. El bus nos deja en la emblemática plaza del Nogaledo, lugar de reunión y fiesta. El castro, un imponente cerro, con sus 612 m. de altura, es el mejor mirador sobre el pueblo y sus dominios. Estuvo habitado durante un amplio periodo que va del Hierro II, el Romano Altoimperial y el Tardorromano, un periodo nebuloso donde nadie se atreve a afinar más. Tal vez lo cercaba una muralla pero no se encontraron materiales típicos como tégulas, ímbrices, restos de ladrillos o cerámicas, aunque gentes de Toral de Merayo afirman haberlas encontrado, quizá alguna forme parte ahora de un estante, una pared. El acceso a pie no es difícil aunque hay que salvar 100 metros de desnivel en un corto tramo, nada mejor contra los excesos invernales de la matanza y botillo, que no engorda pero lo disimula.

La ermita del Nogaledo nos saluda al poco: será el primer templo de los cinco que visitaremos, ya sean reflejo de lo que fueron o lugares en los que aún se celebra la santa misa. Callejeando por Viña Val, La Namilla y Callejo de Horne, torcemos a la izquierda para tomar el estrecho Camino del Barro en un agradable ascenso. En un otero, lo que queda de la ermita de San Salvador, que se asientan sobre unos restos tardorromanos del siglo IV. De estilo mozárabe, fue construida en el siglo X y recuerda a la famosa iglesia de Santiago de Peñalba. Se hallaron 20 enterramientos de los siglos XIV y XV. Por desgracia, todo esto debemos casi imaginarlo ya que el paso del tiempo no ha sido benevolente con ella. A su valor patrimonial, se suma el estar situada en un bello paraje desde el que contemplar Toral de Merayo y los Aquilianos. Los antiguos sabían dónde construir, no cabe duda de ello.

Desembocamos en la carretera, unos pocos metros por el asfalto, y nos metemos en el camino ancho que recorre las faldas del Torullón, una suave elevación que roza los 600 metros de altitud, con laderas de viñedo de mencía, de almendros y de cerezos. En abril, cuando los campos se tapizan de hierba, las aún desnudas cepas ofrecen una estampa curiosa: negras, enhiestas, parecen esas cruces de los cementerios como el de Arlington. Por fortuna, los brotes que van saliendo de los sarmientos hablan de vida, de encuentro, de fiesta, de Ahora que estoy rodeado de amigos levanto mi copa y brindo por ti, que diría el cura Alberto.

Caminando por la Vega de Rimor, entendemos mejor aquello que José María Quadrado Nieto, en su libro Recuerdos y bellezas de España, decía de El Bierzo:

«Vamos a entrar en un país encantado, circunscrito por ásperas e imponentes sierras, rico en metales, exuberante en aguas, copioso y variado en frutos, poético en sus tradiciones, poblado de monasterios y de castillos y preciosos monumentos.»

Es agradabilísimo caminar entre viñas, con el sonido del rumor de la primavera que avanza sin remedio, con sequía o sin ella. Una reconocible herida en el monte nos llamará la atención. Son las barrancas de Rimor. Debido a la acumulación de sedimentos que el propio arroyo de Rimor fue haciendo en su cauce, no pudo continuar su camino hacia Toral de Merayo. Giró hacia Villalibre de la Jurisdicción, para acabar dando su agua al Sil. Estas humildes Barrancas son parte de una franja llamada Facies Santalla, de la Edad Terciaria, que se inició hace unos 66 millones de años, cuando el dominio de los dinosaurios tocaba a su fin. Distinguible por su composición arcillosa (de un color anaranjado), comienza en las Barrancas de Santalla, continúa por Priaranza del Bierzo (donde una fábrica aprovechaba su arcilla en una fábrica de la que solo queda la chimenea a los pies de la carretera), discurre por estas tierras entre Villalibre de la Jurisdicción y Rimor y hasta Toral de Merayo.

El mojón del Camino de Invierno marca (sin pretenderlo) nuestra gozosa inmersión entre los cerezos. Vamos a imaginar que ya están floridos, que el cielo es azul, que el ánimo esté predispuesto. La floración del cerezo, la visión de esas flores blancas, embelesa, cautiva, conforta. En Japón lo llama Sakura, y es toda una celebración de la vida y de la muerte, la eterna dualidad, de la fragilidad y lo efímero de la existencia. Ellos, que no han perdido esa conexión con la naturaleza, gracias a sus creencias budistas y sintoístas (creer que el mundo en su totalidad y de manera fragmentada tiene ánima, es decir, alma), adoran la visión de los cerezos en flor.

Habrá que esperar hasta junio para ver el fruto, la delicada cereza. No han sido buenas cosechas desde que, en el 2016, la cereza berciana consiguiera la Marca de Garantía. Las heladas a destiempo malograron la producción, reduciendo notablemente esos 3 millones de kilos esperados.

Será difícil continuar camino, enamorados como la bruja de Agadán, o Gil por su amigo Baylina, paseando por la ladera del castillo de Ponferrada. Aún quedan más cerezos en flor, más primavera en este periplo.

A la entrada de Rimor nos recibe la ermita del Santo Cristo. Documentos del Tumbo de Montes la datan en el siglo XII, ya entonces consagrada a San Jorge. Su aspecto es de estilo barroco, con la decadencia propia marcada en la piedra. Junto a ella, una estupenda fuente decorada con mucho gusto. Fluvius Mouro. La corriente del Moro. Disponía de vasos de vidrio con los que beber (todo un detalle) pero en una reciente visita no los vi, cosas de la pandemia, miedos de contagio.

Siento predilección por Rimor, por esa iglesia de San Jorge, por el magnífico Soto que parece acogerlo como la gallina a sus polluelos. Soto que ahora está enfermo, con sus castaños en lucha contra la avispilla del castaño, como antes lo hicieron con el chancro, la tinta, el fuego que no cesa, la avaricia humana. En la calle Magdalena, la iglesia parroquial de San Jorge. El pórtico es de los más singulares de El Bierzo, con sus cuatro arcos de piedra en tonos gris y terroso, un conglomerado de matriz ferruginosa. Una tela policromada (en un estado deplorable, todo hay que decirlo) muestra a San Jorge luchando con el Dragón, ese bravo soldado romano cuya historia, más o menos matizada, acabaría siendo el probable origen de todos los cuentos de hadas sobre princesas y dragones. Confiemos en que San Jorge ayude al pequeño Torymus sinensis -el enemigo natural de la avispilla- y lo derrote, como él hizo con el dragón.

Dentro aguardan muchos más atractivos: un notable artesonado y las delicadas pinturas de la bóveda, con querubines, racimos de uvas, el sol y la luna. Lo que más me llama la atención es el cementerio. No recuerdo ningún camposanto tan integrado en un pueblo como en el de Rimor. Cualquier vecino de la calle Magdalena o de la calle Concejo pueden asomarse a ver a la ventana, más que nada por comprobar que su difunto sigue en la parcela eterna. Bien lo sabe Valentín Carrera, hijo no predilecto ni nacido en Rimor pero que ha llevado a todas partes su recuerdo en donde ha ido, hasta a la Antártida. Se merece un repaso el combativo Valentín un día de estos. Escribía Carrera: “En vísperas del Día de Difuntos, yo iba a casa de la abuela María, en Rimor, y mientras los mayores limpiaban las tumbas, los niños rehacíamos las pequeñas tumbas de los niños muertos sin bautizar, enterrados fuera de sagrado, en un limbo de tierra. ¿Calaveras a mí, que he peinado sus tumbas con mis dedos y jugado al escondite de noche, entre los mirtos del cementerio?”. Y si era poco, frente al pórtico, un Bonetero del Japón (Euonymus japonicus), una especie nativa de Japón, Corea y China. Este evónimo está catalogado como árbol monumental de Ponferrada, como la encina de Campo o el tejo de San Cristóbal. Destaca por su forma recostada, con sus frutos encarnados que brotan al principio del invierno. Nadie recuerda ya cómo llegó aquí, usurpando el sitio de olivos, tejos y cipreses. Ya resulta más que curiosa la relación entre Japón y esta parte de El Bierzo, junto con Molinaseca y Priaranza.

Mientras ascendemos por la calle Magdalena, tal vez nos venga un dulce olor de una rosca de Rimor recién horneada. Sorprende encontrar una tienda de ultramarinos abierta en un pueblo tan pequeño. En la Panadería Colmado Aurora se puede adquirir la famosa y genuina rosca de Rimor. Si no la has probado, entra y compra una, no te arrepentirás: por 5 euros (crisis mediante) se recuperan las fuerzas y el ánimo. Pregunta por Tita, la del Colmado.

No puedo dejar de recordar que Rimor puede presumir de santo propio: san Pedro Cristiano. Hijo del noble caballero berciano Gutiérrez Eriz, nació en Rimor en el año 1100. Fue un destacado monje en el monasterio de Carracedo y obispo de Astorga por tres años, donde falleció en 1156. Cuesta imaginar cómo sería el Rimor que vio nacer al tal Pedro.

A partir de la plaza de las antiguas escuelas, la cosa se pone pindia. No dejaremos de ver cerezos -¡qué alegría!- en las laderas que miran a Rimor, a los lugares de San Estuevo, a El Sotín, a la Reguera de San Jorge, donde aparecieron tumbas de lajas de pizarra, tejas, ladrillos, restos de una necrópolis y una antigua iglesia. Los caminos son anchos, transitados por las labores agrícolas. Es el paraje de Foleitares (Folilares en los mapas oficiales). Castaños jóvenes y centenarios, alguna bravo, cantiago que dicen en Rimor, cerezos con marca de garantía, almendros en las veredas de las viñas, hacen de este lugar un deleite gozoso. El cerro del Cabezo, con sus 844 m, tiene numerosos caminos que conectan con los sotos y los pueblos que se levantan en sus laderas. No tiene pérdida pero un vistazo al pdf en los cruces y bifurcaciones no estará de más.

Casi sin darnos cuenta, ensimismados por el misterio del soto, una caseta de conducción de agua marca el punto álgido entre Rimor y Orbanajo, con el cerro de la Mallada a un lado, un apéndice del cerro del Cabezo. Orbanajo no es un pueblo aunque podría serlo. Sin demérito, es un barrio de Ozuela, aunque disten un kilómetro. Son apenas 15 casas en un entorno maravilloso de castaños, cerezos y nogales. Carece de iglesia a la que acudir, y eso podría haber sido determinante para su pertenencia. Quizá nos topemos con Pablo Ovalle que, en 2018 y junto a Amabel Deiros, creó la ONG Proyecto Orbanajo. Han recogido colillas enarbolando el humor, con su Clown Colillas. Y han pintando mensajes de concienciación en las alcantarillas de la ciudad con su El mar empieza aquí. Las alcantarillas no deben ser la papelera de nadie. Las colillas suponen un problema medioambiental tremendo ya que no son reciclables, y pueden contaminar 10 litros de agua. Han de tirarse al contenedor gris, por si no lo sabías, y no en la calle. Ovalle está haciendo algo que las llamadas autoridades (palabra que pierde, muchas veces, su razón de ser) no se atreven a hacer. No fumo, entre otras cosas para no hacer (más) ricos a malnacidos y pagarles sus yates, y veo con cabreo la alfombra de colillas en Ponferrada. La valiente labor de Ovalle parece estar dando sus frutos, pero solo con concienciación no vale, la multa ha de ser instaurada. Yo tengo una máxima: cuando salgo de casa, entro en casa ¿me explico? Pero ya habrá tiempo de hablar de basuraleza, de idiocia adquirida y no tratada. Sigamos caminando, que ahora es cuesta abajo.

Orbanajo cuenta con una casa de turismo rural, gracias al empeño de Nuria y José Ángel. Tal vez encontremos a José Ángel, enfrascado en los tareas de su casa, que es vivienda, que es rural, que es un lugar de sonidos sanadores, con ese envidiable entusiasmo que ha forjado su carácter. Pero José Ángel es mucho más. Viajante y gestor de ecoagroturismo rural, un histórico del movimiento ecopacifista, neorural y alternativo. Colaborador e impulsor de las ecoaldeas de Matavenero-Poibueno y La Retuerta. Forma parte de renombrados grupos ecologistas de la comarca, como Tyto Alba, A Morteira y Bierzo Aire Limpio; y la asociación de agricultura ecológica, la Olla del Bierzo. Músico, cantante, inquieto, un tipo singular que desde décadas sigue luchando porque cambiemos el rumbo y conectemos con la Naturaleza. Desde La Mallada es más fácil hacerlo. Sin personas como José Ángel y como Nuria, El Bierzo y sus pueblos no tendrían esperanza. Orbanajo da a quien sabe escuchar, como ese cárabo, el robusto búho que se adapta tan bien a los constantes cambios que provoca el ser humano en el medio natural.

En el siguiente cruce, el horrendo depósito de la fuente es ahora un lugar donde nadie podrá pasar sin sacarse una foto. Gracias al trabajo de los vecinos del pueblo, liderados por Pablo Ovalle, hacen que sea ahora un lugar donde nadie podrá pasar sin sacarse una foto.

El camino a Ozuela comienza junto a un tradicional horno de pan todavía en uso. De aquí han salido buenas hogazas de centeno, empanadas de batallón, almendrados y todas esas cosas ricas que alegran el cuerpo más que una misa.

Esos mil y pico pasos hasta Ozuela nos regalan una panorámica de cómo Orbanajo se aferra al Cerro El Cabezo, escondido en la espesura, intentando que no lo descubran. Sin darnos cuenta, pasamos del valle que ha trazado el arroyo de Rimor al profundo y agreste valle del arroyo de Santa Lucía, el único pueblo abandonado a su destino del municipio (San Juan del Tejo también lo está pero lo meto en otra categoría).

Oza, Ozoela, Ozuela: ese puede ser el origen de su nombre. Perteneció a Hapze, un desalmado monje del siglo XI. Cuentan las crónicas que, en el año 1014, el obispo Jimeno confiscó la villa de Ozoela al monje Hapze de Peñalba, "por sus crímenes" y la heredad de Juliano, por "sus mal­dades, errores y adulterio que cometió con Eugenia, hija de García y muerte de dos hijas", por lo que "cayó en comiso su hacienda y a disposición del obispo, según el sagrado canon y ley del código". En los primeros años del siglo XI se produjo "una oleada de furia y rapiña que cayó sobre las posesiones de la diócesis y de sus instituciones monásticas. Y con la finalidad de borrar las huellas de su nefanda hazaña, se apoderaron de los pergaminos, que eran los títulos de propiedad de entonces, y los entregaron al fuego". Nada nuevo bajo el sol. Por suerte, las iglesias sobreviven a aquellos que las levantaron con escasa fe, y es la iglesia de San Andrés la que da la bienvenida al caminante. Aunque modesta, presenta buena facha, con el tejado en muy buenas condiciones; así como el suelo de madera, cambiado por los vecinos Ramiro Blanco Fernández y Socorro Álvarez. Guarda la antigua imagen de la Virgen de la Encina, que se encontraba en la ermita situada en el Cerro de la Encina, y de la que ya no queda rastro. La magnífica iglesia de Campo atesora otra imagen de la Encina. Y en la basílica ponferradina, la que se considera la primera. Así que si perdemos una, tenemos recambio, por si hay que sacarla en rogativa, que se nos secan los pimientos.

En un municipio con pueblos arrebatadores, Ozuela no se queda atrás, pudiendo ser uno de los mejor cuidados del municipio. Casa hidalga de los Juárez, viviendas de piedra y vigas de castaño, corredores a la solana. Pero son las chimeneas uno de los detalles que más sorprenden, con su puzle de lajas de pizarras y ese remate que tal vez sirva para ahuyentar tormentas, rayos y centellas; o evitar que se posen las brujas como aquella de Agadán que párrafos atrás nombraba.

Debido a la agreste orografía, Ozuela está repartido en distintos barrios: del Palacio, Orbanajo y el llamado Barrio del Río, situado en dirección a Valdecañada. La mejor estampa de Ozuela la tenemos cuando nos alejamos. El valle de Santa Lucía ascendiendo a la mágica cumbre de la Guiana, los vestigios escondidos de los canales romanos, y las viviendas aferradas a la ladera, que nos hacen pensar en qué poco cuesta alimentar el buen ánimo con tal estampa.

Nos toca ahora un trayecto de 800 metros por la carretera LE-5227, que lo comunica con Orbanajo y Toral de Merayo. El tráfico es escaso pero nunca está de más tomar las precauciones adecuadas. En su mitad, el arroyo de los Predos ha creado un remanso fértil, de viñas y nogales, un hilo de agua que se nutre del Cerro del Cabezo, deudo de los Aquilianos. Ahora la norma es descender, y qué mejor que hacerlo por las suaves lomas de las Viñas de Vales: uno de los trayectos más hermosos del municipio. Si nos da la tarde, el sol teñirá de dorados el Torullón y más allá, con la Pena do Seo en el perfil del oeste. El regato sin nombre puede que empañe el camino, de aguas que provienen del Cerro de la Mallada, de Foleitares, parajes ya conocidos. Como la ruta es circular, regresamos a Toral de Merayo, una ocasión inmejorable de recorrerlo desde la plaza El Serradero, con un horno de pan como los ya vistos. Y la iglesia de San Salvador, siempre bien iluminada por la luz del ocaso, donde se sigue dando misa de siete de la tarde. La larga calle Merayo es un agradable trayecto, con casas típicas bercianas, con sus tejados de pizarra y los corredores de madera, las regias vigas de castaño. Y un palomar transformado en cochera.

Para buen vino Los Barrios / Para cantar San Lorenzo / para buen vino Los Barrios / y para niñas bonitas vete a Toral de Merayo / vete a Toral de Merayo / para cantar San Lorenzo / Lo mejor que hay en El Bierzo (...) CANCIÓN POPULAR

En el mismo punto donde comenzamos, en la siempre animada Plaza del Nogaledo, acabamos. La línea 2 y la 1 del SMT, según los días de la semana. En Toral de Merayo podemos esperar tranquilos la llegada de los buses blancos y azules. Tenemos tres bares, un restaurante y una pastelería; y hasta un supermercado y dos casas de turismo rural. En caso de necesidad, el pueblo de Toral de Merayo provee.


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