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  • Luis García Prieto

#17 El Columpio de Valdecarrizo y un virrey del Perú

San Clemente de Valdueza es un pueblo que se asienta en una pequeña llanura que el Oza parece haber creado para su propio regocijo, abriéndolo al sol y el esquivo cielo, motivos para esa vida que aún persiste y se obstina en no abandonarlo. Llegar hasta él es sencillo, nada que ver con lo que la carretera aguarda a los que vayan a Montes o a Peñalba. En 20 minutos, el TD nos deja en la plaza de Las Parras, a dos pasos de la iglesia. Muchas casas se aferran a las laderas, quizá sabedores sus constructores de que el amable río Oza, de siglo en siglo, se enfurece llevándose por delante todo aquello que ha costado tanto esfuerzo en levantar. Y la iglesia de San Clemente bien sabe de esto. Las avenidas del Oza de los siglos XVII y XVIII hicieron estragos en los pueblos de su ribera como Valdefrancos y San Clemente de Valdueza. Según reza una inscripción en su portada barroca, data de 1704. Antes, los feligreses acudían a una modesta iglesia en la margen derecha del río (ahora cementerio) destruida por la riada de1696, y donde aún se pueden advertir una ventana abocinada con arco de herradura entre la maleza. Para la nueva iglesia se fijaron en El Penedo (peñasco), junto a la casa del Consistorio. Por su elevación, confiaban en que el agua no la afectara como en las siguientes riadas de 1698 y 1700. El edificio se asienta en la roca por lo que la tradición de ser enterrados en el templo no podía cumplirse: hubieron de meter tierra para lograrlo. Y, además, no podían procesionar alrededor de ella, debido a la estrechez en derredor. Encierra la turbulenta historia con un sagrario, un pendenciero entallador de Ponferrada, llamado Abecia, y un piadoso mayordomo de San Clemente, Alonso Prieto, en el verano de 1589, con trágico desenlace.

El arroyo de la Raseda se vuelve calle, con sus aceras a los lados, a veces seco y otras menos. Pero no hay que subestimar a los regatos, riachuelos, a los taimados arroyos, pues poseen una memoria prodigiosa y saben por dónde bajar. El camino no tiene pérdida gracias a las señales que nos acompañarán hasta el final: de madera, con una tipografía manual, entrañable, de flechas amarillas. Hay dos maneras de subir a Valdecarrizo: por el soto de los Quiñones y por la referida en la ruta. Los castaños comienzan a aparecer, fieles habitantes de estos valles. Pasamos en silencio junto a una colmena, ¡chiss! que el zzzzzzzz de las abejas no se altere. La subida no es dura aunque el corazón se acelera. Nos ayudan las vistas del valle de la Raseda. Subir por él, o bajarlo, es un espectáculo sensorial. Semanas atrás apareció en esta web la ruta 2 RTDP Montes y Canal CN-2 y San Clemente, que transita por el CN-2, “el alto”. El canal romano CN-1, el “bajo”, discurría unos 140 metros por debajo de este, de ahí los sobrenombres.

Pero volvamos al camino. El columpio de Valdecarrizo es obra de Mariví y Goyo que, durante el 2021, le dieron forma. Desde esta atalaya, las gentes del lugar disfrutaban de los fuegos artificiales en las fiestas de la Encina. Y ya no solo es encomiable el enorme trabajo de desbroce y limpieza. La delicadeza en los detalles es digna de elogio: los carteles, las flechas, las casitas de los pájaros, las nueces, las emotivas frases, las almendras y su cascanueces... Una advertencia: podremos demorarnos en este paraje maravilloso, contemplando los Aquilianos, del sol y la sombra de los robles, del vertiginoso valle de la Raseda que un día cedió su agua para Las Médulas: así podría encontrarnos la tarde y su ocaso. Por lo tanto, sigamos aunque cueste. Si la hacemos en otoño, no será inusual encontrarnos con mujeres y hombres, agachados apañando las castañas, el verdadero oro de El Bierzo. El soto de Valdecarrizo tiene ejemplares centenarios de los totémicos castaños. Si nuestro árbol ha dado tanto al bien común ¿cual es la razón de que no tenga una calle, una plaza, un monumento? Quien más da a veces menos recibe, una regla inversamente proporcional en la matemática de lo injusto. En una ciudad con calles dedicadas a músicos extranjeros, líderes de lejanas tierras y reyezuelos ladrones (¿me ha salido una especie de pleonasmo?), todo es esperable.

Pisamos el cauce del arroyo de Bocarrodrigo, del Río Guío (equivocado nombre: ¿en qué estarían pensando aquellos geógrafos que apuntaban atropelladamente los nombres?). Bocarrodrigo forma un valle cerrado, misterioso, que conduce por una senda empinada al encuentro con el CN-2, con escalones de piedra que salvan el desnivel.

Nos queda la ascensión a la cantera de Valdefrancos, otra herida más en esta comarca de riquezas, aprovechados y decadencia. Se sitúa en la base de la Corona del Castro, orgullosa elevación desde la que vigilaban el buen discurrir del agua a Las Médulas. Pasada la cantera, y ya descendiendo, las vallinas que sustentan la Corona del Castro tienen un aire misterioso, algo umbrías por su querencia por el norte. Por encima, entre el camino y lo alto del castro, discurría el CN-1, no visible, que dos mil años son muchos años para la piedra, que la más dura y soberbia sucumbe al agua, al fuego, al sol y las raíces que la abren como hojas de un libro. Nos topamos con un pequeño vergel, un hilo de vida que el arroyo de Fuente Blanca otorga hasta en estas épocas de pertinaz sequía. No lo busquéis en los mapas, fue un paisano que apañaba castañas como distracción, acompañado de un pequeño perro asustadizo, el que me confesó con desgana, que aquel soto lo llamaban Valdemuniel, donde sobreviven pocos pero vigorosos castaños, diezmados por la llama, el chancro, la tinta, la malvada avispa china o quién recuerda ya el qué. El arroyo de Fuente Blanca va a dar con sus aguas al Oza a los pies de Valdefrancos, e imagino que lo llaman así por la enorme cantidad de cuarcita que aflora en el entorno de donde brota.

La bajada se acelera tras encontrarnos con el hilo de acero que delata al ganado. He visto en muchas ocasiones vacas pastando libres por el entorno de la Corona del Castro, y hasta un mastín solitario, pero es una estampa como la del Guadiana. A finales de 2021 me topé con gran número de vacas entre la Corona del Castro y el pequeño collado que remata el Cerro Pandilla. Vacas limusinas, de bella estampa, asustadas por mi presencia y el empeño de la perra Canela por incomodarlas, pero esa es una historia a contar otro día.

Tal vez tengáis suerte y os encontréis con Antonia B. V. (ella sabrá quién es). Una buena vecina de Villanueva, viuda hacía años, que igual venga de apañar castañas con un perro igualmente pequeño pero bravo en el cara a cara. Nadie, me confesó con resignación, quería ya venir a vivir a Villanueva, excepto un tipo de Barcelona que había comprado una casa frente a la iglesia. Su familia, la de Antonia, provenía de Valdefrancos y de Castrillo del Monte, una mezcla primorosa. Hasta se prestó a quedar inmortalizada en una foto que no va a salir del archivo digital por respeto. No le costó posar pese a no llevar las mejores galas. Se quitó el sombrero, se atusó el pelo y volvió a ponérselo. Es increíble lo mucho que dos desconocidos pueden contarse en quince minutos de conversación. No deberías andar solo por ahí, me recomendó en la despedida, que me podía pasar algo y que ningún buen cristiano me podría socorrer. Cierto, aunque yo le tengo más respeto a un paso de cebra que a una senda en mitad de un robledal.

En Villanueva de Valdueza hay buenas casas con corredores, abundante agua, y un mesón donde dicen se da muy bien de comer con precios contenidos, con unos coches enfrente que quitan el hipo. Y varios hijos ilustres. El primero, por ser el más desconocido, es Carlos de la Casa Martínez, un erudito, hijo insigne del pueblo desde el año 2000 aunque no nacido en el valle. Desconozco los muchos méritos pero acato el veredicto. La placa de la calle Real está desapareciendo y en nada y menos será ilegible. El segundo es José Rodríguez Cubero, un marista de mundo, un excelso conocedor de la Valdueza y sus dominios, un referente para esta guía, que tuvo en Lima, la capital del Perú, la epifanía de saber de un virrey casi desconocido, Lope García de Castro y Baeza de Grijalba (tomo aire) que era, ¡sorpresa!, de Villanueva de Valdueza. Podemos imaginar el vuelco del corazón de Cubero al saber de su paisano en un emplazamiento tan lejano. Y el tercero, claro está, es el Lope García antes citado, nacido en 1516 frente a la iglesia parroquial, un tipo inteligente que, desde una comarca tan alejada del poder, arribó al Perú con la orden de Felipe II de poner en orden un Virreinato que estaba como la casa de Tócame Roque.

No han citado a mujeres ilustres en Villanueva de Valdueza, ellos sabrán, que para eso es su pueblo. A poco que busquen seguro que la hallan. Rectifico: hay una calle llamada Silvia Clemente, una política con un final abrupto y lleno de sombras y aroma a patatal, que quiso ser una buena ciudadana, pero a la que un inesperado recuento la devolvió a la vida anónima. Pero no hablemos de política, que aún nos queda un trecho.

El sendero que abandona la carretera discurre a la vera del arroyo de Villanueva. Es un paraje cerrado, húmedo, encantador, con pequeños saltos, cascadas casi, donde el arroyo se entromete y juega. Muy bonito. Pero hay que mirarlo de soslayo por no enfadarse, cabrearse, enojarse y todo lo que a uno se le ocurra que acabe en arse. Plásticos de todas las formas y colores y texturas engalanan las riberas del arroyo, basura, con leza o sin leza. Por no hablar de los desechos que los buenos vecinos, los que transitan por la carretera que conecta Villanueva con San Esteban, arrojan de sus vehículos. El tema de la basura da para un artículo, pero no es el momento, que hemos llegado al puente de San Lázaro, que salta de una zancada sobre el Oza. Los pretiles han casi desaparecidos pero sigue manteniendo una gallardía tras siglos y siglos de tránsito, de avenidas del río, del tiempo mismo que no perdona ni al pedernal. Lo de San Lázaro no es casual. Aquí hubo un hospital para leprosos, varias casas y hasta una ermita. Y una hospedería para los viajeros, un lugar de descanso de la Orden de los Caballeros de San Lázaro. Si es invierno, el perfil del puente se muestra, no así con vegetación, esquivo se mire por donde se mire. Para los más aguerridos, se puede bajar hasta la ribera del Oza, atravesando las huertas, y pillar al puente desprevenido.

Decir que el último tramo es sencillo sería mentir. Son 600 metros pero con un desnivel que ya se encara más con el ánimo que con las piernas, cien empinados metros que ya no nos pillarán con la frescura del principio. No sería un demérito acercarse a San Esteban de Valdueza y tomar un taxi, que por unos 12 euros nos dejaría en casa. O tirar hasta Toral de Merayo, disfrutando del Oza y su esforzado trabajo de ingeniería hídrica, a tomar el SMT en la plaza del Nogaledo. Pero no disfrutaríamos de las vistas que se pierden hacia el norte, entre viñas que nos esperan hacia San Lorenzo, lo mejor que hay en El Bierzo.

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